Categorías

A Fraga de Catasós inspiró a Emilia Pardo Bazán

“Los Pazos de Ulloa” toman como escenario este bosque

 

Tamara Novoa Alonso
Fotografía: Pío García

011443-2

Los castaños centenarios que parecen rozar las nubes de la fraga de Catasós cautivaron a Emilia Pardo Bazán, que ambientó aquí su obra por excelencia, Los pazos de Ulloa. Catasós está catalogado como parque protegido de Europa desde el año 2002 porque, a pesar de que no cuenta con una gran extensión, tiene una fauna y flora singulares.
Pardo Bazán llegó hasta aquí al casarse con don José Quiroga, uno de los descendientes de la familia Quiroga de Catasós, dueños de un pazo en esta zona en el que la escritora pasó una temporada. Considerada como la madre del naturalismo en España, Pardo Bazan refleja en Los pazos de Ulloa de una forma nítida la sociedad de la época, sin juicios de valor ni  sarcasmos, simplemente una descripción fiel de las diferentes capas de la sociedad y del entorno que los rodea. La clave del naturalismo es la naturaleza: todo lo real es naturaleza por lo que no existe nada fuera de los límites de esta.

Emilia-Pardo

011427

018418

La novela, que transcurre a caballo entre Santiago de Compostela y los pazos, retrata bien la sociedad rural gallega. El lector llega a Catasós a través de dos de los personajes centrales, el capellán don Julián y Nucha, que se va a casar con el señorito de Ulloa. A través de ellos, la escritora nos hará participes de sus primeras impresiones al llegar a su nuevo hogar. Esto es lo que opina don Julián en su toma de contacto con la zona:

Lo que abarcaba la vista le dejó encantado. El valle ascendía en suave pendiente, extendiendo ante los pazos toda la lozanía de su ladera más feraz. Viñas, castaños, campos de maíz granados o ya segados y tupidas robledas se escalonaban, subían trepando hasta un montecillo, cuya falda gris parecía, al sol, de un blanco plomizo. Al pie mismo de la torre, el huerto de los pazos asemejaba a verde alfombra con cenefas amarillentas, en cuyo centro se engastaba la luna de un gran espejo, que no era sino la superficie del estanque. El aire oxigenado y regenerador penetraba en los pulmones de Julián, que sintió disiparse inmediatamente parte del vago terror que le infundía la gran casa solariega y lo que de sus moradores había visto.

018429

018415

Una de las características de los naturalistas son las descripciones pormenorizadas del ambiente que rodea a los personajes. Además, es siempre la naturaleza la causa final de los comportamientos humanos. En el siguiente fragmento, Emilia Pardo Bazán nos traslada de una manera muy visual al amanecer en la zona:

El ambiente se volvió glacial; una tenue claridad, más lívida y opaca que la de la luna, asomó por detrás de la montaña. Dos o tres pájaros gorjearon en el huerto; el rumor de la presa del molino se hizo menos profundo y sollozante. La aurora, que solo tenía apoyado uno de sus rosados dedos en aquel rincón del orbe, se atrevió a alargar toda la manecita, y un resplandor alegre, puro, bañó las rocas pizarrosas, haciéndolas rebrillar cual bruñida plancha de acero, y entró en el cuarto del capellán, comiéndose la luz amarilla de los cirios.

018430

018453

En las cuatro hectáreas y media de extensión de las fragas de Catasós se encuentran los castaños más altos de Europa que fueron plantados para la producción de vigas, que en las casas típicas gallegas tenían que ser de una gran longitud. A través de un sendero circular podremos pasear, empaparnos de naturaleza y recrear aquellos escenarios que tan bien retrataba Emilia Pardo Bazán hace más de un siglo. Así es como se despedía el capellán tras su turbulento paso por los pazos de Ulloa:

No olvidará tampoco la salida de la casa solariega, la ascensión por el camino que el día de su llegada le pareció tan triste y lúgrube… El cielo está nublado; ciernen la claridad del sol pardos crespones cada vez más densos; los pinos, juntando sus copas, susurran de un modo penetrante, prolongado y cariñosos; las ráfagas del aire traen el olor sano de la resina y el aroma de miel de los retamares. El crucero, a poca distancia, levanta sus brazos de piedra manchados por el oro viejo del liquen… La yegua, de improviso, respinga, tiembla, se encabrita… Julián se agarra instintivamente a las crines, soltando la rienda… En el suelo hay un bulto, un hombre, un cadáver; la hierba en derredor suyo, se baña en sangre que empieza ya a cuajarse y ennegrecerse.

011435-1


Ver fraga de Catasos en un mapa más grande

Comentarios ( 1 )