Categorías

Caminos de Santiago. Por el camino de invierno

Fran Zabaleta
Fotográfia: Pío García

Camino de Santiago

Hay quien dice que el camino, el camino de verdad, es el que se hace en solitario. El que llena las horas con el runrún de los pensamientos. El que te permite vestir los días con la contemplación de un monumento, un paisaje. Sin prisas. Sin más urgencias que las que impone la naturaleza: comer, dormir, descansar. En soledad.
Comienzas a andar. Es de buena mañana y te rodea un paisaje asombroso, puro Patrimonio de la Humanidad: Las Médulas, la impresionante explotación de oro de los romanos hoy convertida en un espectáculo de arenas rojizas y formas caprichosas que contrastan vivamente con el verde de la vegetación.

Las Medulas

Da gusto echarse al camino en un lugar así, ¿verdad?
Dicen que el verdadero camino es el de invierno, lejos de la multitud de peregrinos que atestan albergues y senderos en verano.
Dicen tantas cosas.
Lo importante, lo sabes bien, es lo que dices tú. O, mejor dicho, lo que te dice a ti el cuerpo. Lo que te demanda el corazón.

Rio Sil

Miras alrededor. Avanzas a buen ritmo por un paisaje montañoso, entre colinas y bosques. Estás en el camino real, disfrutando de esa soledad teñida de expectativas que se abre ante ti. Tras dejar atrás la última localidad de León, Puente de Domingo Flórez, comienzas a avanzar por la ribera izquierda del Sil, el más caudaloso de los ríos gallegos, el creador de cañones, el que calma la sed del Miño.

Parque Natural da Serra da Enciña da Lastra

Te gusta el frío y te atrae el silencio del campo en invierno. La hierba helada por la mañana, el aire tan limpio que parece crujir cada vez que lo aspiras.
Te gusta el camino de invierno. Doscientos treinta y cinco kilómetros que atraviesan la historia de dos mil años, desde la vieja Roma, ahí atrás, en Las Médulas, hasta la medieval y al tiempo muy contemporánea Compostela. Doscientos treinta y cinco kilómetros que discurren a través de comarcas tan intensas, tan hermosas como Valdeorras, Ribeira Sacra o Deza. Y que escapan, por qué no decirlo, de la dureza de la ascensión al Cebreiro cuando la nieve se convierte en señora de las cumbres. Doscientos treinta y cinco kilómetros, alguno menos ya, que se extienden como una interminable alfombra ante ti.

Parque Natural da Serra da Enciña da Lastra

Un poco más adelante cruzas el río y atraviesas Pumares y Sobradelo, ya en la comarca de Valdeorras. Muy cerca de aquí, al norte, se encuentra uno de los parques naturales más fascinantes de Galicia, una cuña mediterránea en el húmedo noroeste atlántico: el Parque Natural da Serra da Enciña da Lastra, un paraje de encinas y vegetación mediterránea. Y es que el Sil no solo lleva el agua de las montañas hacia el Miño: también trae esa influencia mediterránea, esos aires del sur, como pronto, estos días, podras comprobar.

Puente romano de Éntoma

La tarde avanza. Los pies comienzan a pesar. Cerca ya de O Barco, donde hoy dormirás, descubres la asombrosa silueta del puente romano de Éntoma, dos mil años soportando crecidas y ahí sigue, tan endeble, tan resistente.

Viñedos en Valdeorras

O Barco, en Valdeorras: vides y bodegas, agua y verde, tierra generosa por doquier. El aliento sale frío del alma a primera hora de la mañana invernal. En Vilamartín descubres cuevas excavadas en las laderas montañosas. ¿Sabías que muchas, hoy reconvertidas en viviendas o en bodegas, son las pruebas de aquel antiguo afán romano por el oro? Sí, la codicia también deja huellas, también excava, también se convierte en historia…

iglesia monacal de Correxais
Montefurado

Espera, espera, no sigas adelante todavía. No te vayas sin detenerte un instante en esta iglesia monacal de Correxais, sin disfrutar de la contemplación de sus pinturas ingenuas, vestigios de otros tiempos ya idos.
Después, el Sil, siempre el Sil, que avanza encajonado entre montañas, que se ensancha y se convierte en embalse al llegar a A Rúa. Muy cerca se halla otra de esas proezas romanas: el túnel de Montefurado, excavado en la piedra para desviar el curso del río y aprovechar así las arenas auríferas. ¿Qué no hicieron los romanos por el oro?

Torre Novais, en Sequeiros

No, no los culpes. Mejor piensa en todos los conflictos que nos han evitado: ¿qué no haríamos nosotros si todavía se encontrara oro por aquí?
Mejor fíjate en lo que te comentaba días atrás: ¿los ves ahí, tan extraños, tan propios? Sí, son olivos, pues esta es zona productora de aceite, quién lo iba a pensar. Un aceite que enriqueció en su momento a los constructores de la Torre Novais, en Sequeiros, de la que hoy ya poco queda, salvo la añoranza y la piedra. Un aceite del que se alimentaron muchas familias en la zona, como podrás comprobar si visitas el museo etnográfico municipal de Quiroga, que verás al entrar en la localidad por la rúa Real.

Río Lor

Quizá no lo sepas si vienes de lejos, pero estás a punto de cruzarte con el río Lor. Y eso, déjame que te lo diga, son palabras mayores.
Encajonado, salvaje, tan fresco y vital que parece saltar a la vista, el Lor es el río de la sierra de O Courel, la montaña gallega por excelencia, con perdón de Pena Trevinca y Os Ancares. El Lor es el cordón umbilical que une a los gallegos de la costa con sus raíces montañeras, el aliento de las cumbres que engrosa mientras avanza, que se hace río, que desemboca en el Sil y este en el Miño, que se vacía en el océano allá, en A Guarda, convertido en frontera y aluvión.

Puente de A Labrada

Pero estamos muy lejos del Atlántico. Por ahora el Lor es río joven e impetuoso que llena el Sil. Este se hace Ribeira Sacra, se puebla de cañones y monasterios, de vides y geografías imposibles. Y de puentes, cómo no, en esta tierra agreste. Aquí tienes el de A Labrada, en A Pobra de Brollón, que por cierto te lleva a través de un tramo de calzada antigua, una más de las muchas construidas por Roma, tantos siglos atrás.

Torre del homenaje de Monforte de Lemos

Monforte de Lemos es un altozano en la distancia, una fortaleza hoy torre del homenaje y parador nacional, descanso obligado del caminante y, por qué no, inmejorable localidad para descansar uno o dos días, para dejarse mimar por esta población de interior, por esta villa hecha de piedra, convertida en montaña labrada por manos humanas.
Más allá, siempre más allá. Tras Monforte, quizá tras ese descanso que tanto te merecías, el camino de invierno te espera.

Pazo O Reguengo

En O Reguengo, el camino aguarda para sorprenderte con un magnífico pazo del siglo XV, de cuando esta era tierra recia, recorrida por caballeros de espada y tizón, y cada casa se hacía fuerte para sobrevivir. Tiempos duros, crueles y despiadados, afortunadamente idos.

Belesar-Chantada

El camino, paso a paso, puente a puente, albergue tras albergue, te va acercando a Santiago. Llegas al puente de Belesar y atraviesas por fin el padre de todos los gallegos, o pai Miño, el río por excelencia, generoso y fértil. Él va camino de Ourense y tú, tras dejarlo atrás, de Chantada, a solo siete kilómetros de distancia, tu destino de hoy.

San Salvador de Asma-Chantada-Lugo

Bosques y vides, prados y aldeas. Aquí y allá, hórreos, cabozos, canizos, cabaceiros o canastros, que tanto da, que lo mismo son. Y cruceiros allá donde los caminos bifurcan, donde las ánimas del purgatorio temen perder su senda. También ves de cuando en cuando petos de ánimas, esas asombrosas y terribles muestras de la religiosidad popular, ingenuas y coloridas, terribles con sus llamas y sus almas en pena: son un ruego pétreo de limosnas y oraciones que ayuden a las almas a abandonar el fuego de sus pecados y ascender a su paraíso soñado.

Cruceiro en Chantada
Peto de animas en Rodeiro

Quién te lo iba a decir a ti, cuando comenzaste a andar: quién te iba a decir que estos caminos gallegos iban a estar tan silenciosos, tan concurridos.
Y ahí, por fin, el monte Faro. Tras un duro ascenso desde Penasillás, un desvío a la izquierda te lleva hasta la ermita de Nuestra Señora do Faro, solitaria y venteada, a más de 1100 metros de altitud. Estás a punto de superar la cordillera central de Galicia, la cadena de sierras que dividen las provincias de Coruña y Lugo, al norte, y de Pontevedra y Ourense, al sur. Observa bien el panorama, porque te encuentras en uno de los pocos lugares de Galicia desde los que puedes contemplar las cuatro provincias: ¡el país entero a tus pies!

Nuestra Señora do Faro

Pero ya toca bajar, quizá tras un buen descanso al resguardo de la ermita. Con el descenso brotan las manchas boscosas, los carballos, los castaños, los sauces. Sí, la Galicia más auténtica, la ancestral. La que, ay, ya casi no queda.

Bosques de Rodeiro

El final del día, estos últimos kilómetros, vas sumido en tus pensamientos. Hasta que alcanzas la localidad de Rodeiro y allí, frente a su casa consistorial levantada sobre las ruinas de una antigua fortaleza, alivias la sed en una hermosa fuente de piedra de cuatro caños.
A partir de Rodeiro el camino se llena de aldeas, de prados y vacas, de bosques y verde, siempre verde. Atraviesas las últimas jornadas con el alma en vilo, a medias en el camino, a medias en tu destino.

Ayuntamiento de Rodeiro

Lalín queda atrás y, muy poco después, superas también Silleda. El río Deza, afluente del Ulla, se convierte en compañero de viaje por esta tierra fértil que también tiene sitio para arquitecturas poderosas y frondosos jardines. Hablo del Pazo de Oca, una de las construcciones residenciales más asombrosas de Galicia, cuyos jardines barrocos son un prodigio de agua y verdor.
El agua, siempre el agua. ¿Cómo no, en Galicia? Déjate llevar hasta la fervenza del río Toxa, una espectacular cascada que salva más de treinta metros de desnivel. Hermosa, ¿verdad?

Fervenza del río Toxa

Pero ahí está la inquietud, ese cosquilleo en la yema de los dedos. Santiago se intuye por fin. Te detienes en el fascinante santuario de O Corpiño, donde, dicen los que de estas cosas entienden, se curan las enfermedades del alma, como el mal de ojo, los embrujos o la posesiones de espíritus malignos. Muy oportuna visita, ahora que la silueta inconfundible del Pico Sacro te anuncia la proximidad de Compostela.

Santuario de O Corpiño
Pico Sacro

Desde aquí ya solo un suspiro hasta que cruzas por fin la Porta de Mazarelos, la única que se mantiene en pie de la antigua muralla medieval.
Estás en Santiago.
Donde quieres estar.

Porta de Mazarelos

Camino de invierno desde Las Médulas, León

235 km
9 etapas
Las Médulas – O Barco de Valdeorras
O Barco – A Rúa
A Rúa – Quiroga
Quiroga – Monforte de Lemos
Monforte – Chantada
Chantada – Rodeiro
Rodeiro – Bendoiro
Bendoiro – Outeiro
Outeiro – Santiago

Fran Zabaleta