Categorías

Caminos de Santiago. Por el camino francés

Fran Zabaleta
Fotografía: Pío García

O Cebreiro

Das un paso más. Solo uno más, pero no es uno cualquiera. El último de la intensa subida desde Villafranca del Bierzo, con la respiración agitada y los músculos de las piernas quejándose por el esfuerzo; el primero del camino francés en tierras gallegas. Un paso y te embarga esa poderosa sensación: aquí estás, en este nido de águilas de O Cebreiro, a 1.300 m de altitud.
En Galicia. Por fin.

O Cebreiro

Durante la subida apenas has levantado la vista del suelo, concentrando esfuerzos, reservando energías. Ahora que la sangre vuelve a circular con calma, ahora que te llenas los pulmones del aire más puro que has respirado alguna vez, alzas la mirada y no puedes evitar que cuanto ves abra pozos de asombro en tu rostro. Miras al frente, a ese paisaje infinito de brumas y montañas que se extiende a tus pies y el deseo le guiña un ojo a la realidad: por un segundo crees divisar ya las torres de la catedral, allá, al oeste, a ciento sesenta kilómetros de distancia…
Sonríes. No, todavía no. Te faltan ocho jornadas, lo sabes bien. Pero qué más da. Ya estás aquí. En Galicia.
Santiago llegará.

O Cebreiro

La aldea de O Cebreiro, con sus pallozas, sus calles de piedra y sus casas encaramadas en la montaña se te antoja la coraza de escamas de un animal prehistórico. Pasear por sus rincones es montarse a lomos de la flecha del tiempo. Entrar en viviendas que ya eran así hace dos mil años, antes de que llegaran los romanos. Refugiarse en templos en los que los hombres llevan centenares de años buscando sentido al universo. Dicen que aquí, en esta pequeña iglesia prerrománica que sigue en pie desde el siglo IX, Santa María la Real, se guarda un objeto cargado de simbología: nada menos que el Santo Grial, la copa de la que, aseguran los creyentes, bebió un tal Jesús de Nazaret dos mil años atrás. ¡Y pensar que ni a Indiana Jones ni a los nazis se les ocurrió buscarla aquí!

Santa María la Real - O Cebreiro

Esta es tierra antigua, salta a la vista. También fría, como atestigua la cercanía de uno de los hayedos mejor conservados de Galicia, el que se esconde en la aldea de A Pintinidoira, a seis kilómetros de O Cebreiro. Las hayas, los de aquí lo saben bien, son dueñas de la niebla y la montaña, orgullosas señoras de la umbría.

A Pintinidoira - O Cebreiro

Pero el camino continúa, el horizonte infinito. Dejas atrás el alto de San Roque, con su silueta del peregrino oteando el valle y afrontando el viento, y alcanzas Hospital da Condesa. Este fue el lugar elegido por doña Egilo, la esposa del conde Garzón, para fundar allá por el siglo IX uno de los hospitales más antiguos del camino francés. Mil doscientos años después, esta pequeña población sigue alojando peregrinos.

San Xoán de Padornelo - O Cebreiro

Como tantos lugares a lo largo del camino, salpicado de albergues y, también, cómo no, de pequeñas iglesias de austero estilo románico, como la de San Xoán de Hospital o la cercana de San Xoán de Padornelo. Los topónimos y las advocaciones dan buenas pistas: sí, estas iglesias pertenecían a la orden de los caballeros de San Juan de Jerusalén, los monjes hospitalarios, los guerreros que heredaron las inmensas riquezas de los templarios. No cuesta nada imaginarlos recorriendo estas tierras a lomos de sus bestias de batalla, fieros defensores de una religión que, cosas veredes, habla de paz…

Triacastela

Tras descansar en el albergue de Triacastela, de buena mañana sigues tu camino. Atraviesas aldeas que se alternan con bosques y campos de labor. Son enclaves habitados por gentes recias y hospitalarias. Las horas pasan. Los pies golpean rítmicos el suelo, un paso tras otro, uno más, siempre uno más. Hasta que te golpea la visión de la mole pétrea de Samos, antiguo monasterio, fundado por uno de los personajes más conocidos en Galicia: Martiño de Dumio, el implacable perseguidor de los cultos precristianos, allá por el siglo VI, cuando aún suevos y visigodos galopaban estas tierras. El edificio es de una belleza tan serena como imponente. Te invita a quedarte, a dejar pasar el tiempo, a que lleves una vida contemplativa.
Pero el camino, bien lo sabes, tira mucho de ti. Todavía queda para Sarria, donde hoy descansarás.

Monasterio de Samos

Los días fluyen. El cuerpo se somete al esfuerzo implacable. La cabeza se deja mecer por la brisa, por el ritmo constante de los pasos, por el verdor del entorno. Tras salir de Sarria por el puente de A Áspera, construido con la pizarra de la tierra, te adentras en las tierras del vino, en la Ribeira Sacra lucense, en dirección a Portomarín y el embalse de Belesar.

Puente de A Áspera - Sarria

La construcción del embalse, allá por la década de 1960, obligó al traslado del primitivo emplazamiento del pueblo y de la iglesia de San Juan, una imponente estructura de vocación militar que también se conoce como iglesia de San Nicolao, hasta el lugar en el que se encuentra hoy, en lo alto del cerro que domina la localidad. Si te acercas hasta ella todavía podrás distinguir en muchos de sus sillares las cifras rojas con las que se numeraron para su traslado.

Iglesia de San Juan - Portomarin

Albergues, iglesias, bosques, pequeñas aldeas… Aquí y allá un cruceiro, como este de Lameiros, en Ligonde, que lleva aquí desde el siglo XVII, hermoso en su humildad. Dicen que los cruceiros en Galicia son la única defensa eficaz contra la Santa Compaña, la procesión de las ánimas que, de noche, recorre los caminos en busca de incautos que arrastrar al Otro Mundo.
Quién sabe. Ahí están, en todo caso, presencia inevitable ahora que estás en estas tierras gallegas, lugar de encuentro y también, por qué no, ocasión para tomarte un descanso a sus pies. Sí, justo ahí, al lado de esa calavera que te contempla desde la base de la columna…

Cruceiro de Ligonde

Sigues adelante. Hoy descansarás en Palas de Rei, pero antes, pese al cansancio de la jornada, desvíate un poco nada más. Merece la pena, te lo aseguro: verás la iglesia monasterio románica de San Salvador de Vilar de Donas. Solo por su fachada y su triple cabecera ya merecería la pena, pero el interior alberga un museo de esculturas góticas, retablos y sepulcros de caballeros de la orden de Santiago. Un lugar en el que el tiempo se esconde por las esquinas, o quizá juega al escondite con tu imaginación. Qué más da. Un lugar hermoso, en cualquier caso. De esos que se te quedan incrustados en la piel de la memoria.

San Salvador de Vilar de Donas

La mañana, una vez más, te coge ya caminando. Quedan solo cuatro etapas, tres si eres de los que disfrutan echándose al cuerpo jornadas de treinta kilómetros, y los pies van notando la urgencia del corazón. Atraviesas tierras feraces, generosas. A lo lejos el castillo de Pambre, impresionante fortaleza militar que custodiaba el camino y se mantenía con el cobro de portazgos a los mercaderes que por él acudían a Santiago. Portazgos en los caminos, pontazgos en los puentes, como el de Furelos, por el que se entra en Melide.

Castillo de Pambre

Una vista rápida a la iglesia de Santa María, una parada para comer y refrescar los castigados pies. De aquí a Arzúa apenas hay quince kilómetros. ¿Te quedan fuerzas para hacerlos del tirón? Si te animas, podrás atravesar hoy el impresionante puente de Ribadiso y quizá, si hace buen tiempo, disfrutar de un baño en la playa fluvial cercana. ¿Por qué no? También los peregrinos se merecen un descanso, casi el último, ahora que estás a un tiro de piedra de tu meta.

Santa María de Melide
Puente de Ribadiso

Notas la inquietud del final ya intuido, ese cosquilleo en la punta de los dedos. El cansancio acumulado se diluye ante la perspectiva de la llegada. Una subida más, alcanzas Lavacolla, otro buen lugar para seguir la tradición y lavarse a fondo el cuerpo.
Después, el Monte do Gozo.

Monte do Gozo

Qué buen nombre, pardiez. Porque alzas la vista, cómo no hacerlo. Y ante ti, irreal en la distancia, recortada contra el sol poniente, Compostela es un animal agazapado entre montañas, una portentosa criatura de piedra, humo y tornasol. Un bosque de campanarios que parece levitar en el aire calmo de la tarde.
Y en su mismo corazón, visibles como faros en la noche, las torres de la catedral.
Santiago, al fin.

Santiago de Compostela

Camino francés por Galicia

162 km
8 etapas
1-O Cebreiro-Triacastela
2-Triacastela-Sarria
3-Sarria-Portomarín
4-Portomarín-Palas de Rei
5-Palas de Rei-Melide
6-Melide-Arzúa
7-Arzúa-Arca (O Pino)
8-Arca (O Pino)-Santiago

Fran Zabaleta