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Carta desde la Ribeira Sacra

Amara Castro Cid
Fotografía: Pío García

Cabo do Mundo

Querido hermano:
¿Cómo estás? ¿Hace mucho frío por ahí? Aquí estamos despidiendo el verano y es tiempo de vendimia, así que este fin de semana hemos ido a la Ribeira Sacra para echar una mano. Ha sido una experiencia inolvidable. Empezando por el amanecer. No te puedes ni imaginar qué privilegio ver cómo la bruma iba levantando, como si fuese un telón rompiendo el silencio de la madrugada. Poco a poco, se iba dejando ver un paisaje de laderas escarpadas esculpidas por el hombre en forma de estrechos bancales plagados de viñedos. Nos esperaba una jornada de trabajo duro, ya nos habían avisado, así que desayunamos bastante para coger fuerzas. Bueno, en realidad es que la miel estaba deliciosa y, ya se sabe, se empieza por una tostada y se acaba por unas cuantas.

Cabo do Mundo

El trayecto hasta los viñedos fue de lo más emocionante, te habría encantado. Primero, por las vistas sobre el río fluyendo en calma por su cauce serpenteante. Y segundo, porque el camino, no pienses que era una carretera, era una auténtica montaña rusa digna del mejor parque de atracciones. A la izquierda, parecía que el verde del paisaje se nos iba a venir encima y, a la derecha, se veía el río allá abajo sin ningún tipo de protección para evitar el vacío. Un pequeño error y habríamos volado hasta el agua. En dos ocasiones tuve que bajarme del coche para dirigir la maniobra. Íbamos emocionados, pensando en el día que nos esperaba, así que el miedo se diluyó un poco.

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Al llegar al punto donde nos habían indicado, ya nos estaban esperando Antonio y los demás. Supongo que te acuerdas de él, el amigo de papá que tenía una bodega y nos mandaba unas botellas de Ribeira Sacra por Navidad, ¿te das cuenta? Llegamos justo en el momento del reparto de cajas, tijeras y algún que otro gorro. Antonio nos dividió por zonas, dejándonos a nosotros en un área fácilmente practicable. Los mozos con más experiencia se alejaron hacia las zonas más escarpadas.
Dicen que la Ribeira Sacra es el lugar más difícil del mundo para la viticultura. Empezando por el acceso, que en algunos casos se hace incluso en barco, y terminando por la pendiente del terreno, que puede llegar hasta el ochenta y cinco por ciento de desnivel. Vamos, que en algunas zonas hay que vendimiar en picado y los que padezcan de vértigo que se preparen. Hoy en día, se cuenta con un método de gran ayuda para el transporte de la uva recogida. Se trata de unas plataformas elevadoras muy rudimentarias pero que alivian las espaldas de quienes hasta hace pocos años, cargaban la uva a lomos, en ocasiones durante kilómetros.

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Lo cierto es que el trabajo no se nos hizo tan duro como esperábamos. La buena compañía y la camaradería que se respiraban en el ambiente, aplacaron bastante el dolor de las manos por no haber llevado guantes, claro error de principiantes que sufrimos en silencio. Pero valió la pena, porque cada vez que das un corte, ¡zas!, y notas el peso del racimo caer en tu mano, te sientes como el dios Baco en tantas pinturas, mostrando todo el poderío a través del fruto de la vid.
No sé qué hora sería pero nos pareció tempranísimo cuando paramos para comer. El tiempo se nos había pasado volando. Eso sí, te puedo asegurar que vendimiar da un hambre que no veas. Aunque confieso que ya habíamos comido algún que otro racimo de forma un tanto furtiva. Antonio nos contó después que su padre tenía un método infalible para que nadie comiese mientras se vendimiaba: ponía a todo el mundo a cantar. “Pero claro”, nos explicaba, “eran otros tiempos y mi padre era mucho hombre. Si yo mando cantar ahora, estos me toman por el pito del sereno”.

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A la llamada de Aurora, nos juntamos todos, se improvisaron unas mesas y se empezaron a repartir empanadas y tortillas como para un regimiento y, claro, como no podía ser menos, no faltó un buen Ribeira Sacra para regarlo todo. Durante el descanso, todos charlaban muy animados y ¿sabes qué? Nadie habló de la crisis ni de lo mal que está el mundo. Los más jóvenes se dedicaron a tomarle el pelo a Alberto, el hijo de Antonio. Por lo visto, el chico está enamorado de una tal Uxía que no le hace ni caso al pobre. Los mayores estuvieron recordando cómo, no hace tanto, había que repartirse las tareas y, mientras unos recogían la uva, otros tenían que dedicarse a subir y bajar los pesados cestos, unas veces con la ayuda de burros y, otras, a la espalda, cuando los accesos eran complicados hasta para los burros. Seguramente, ya era así en el tiempo del auge de los monasterios, cuando los monjes empezaron a explotar con sabiduría las laderas llenándolas de pequeños muros de piedra. Fue así como se fueron formando los estrechos bancales que, sembrados de vides, convirtieron el paisaje en un tapiz de líneas verdes destinadas a producir riqueza en forma de vino.

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Con un día maravilloso a nuestro favor, también hubo tiempo para un chapuzón en el río. Descubrimos una playa fluvial que era una gozada. Nos pasamos un buen rato imaginándonos cómo sería vivir en una casa que estaba allí al lado, justo a la orilla del río, ¡vaya privilegio! Tras el refrescante baño, volvimos a ponernos manos a la obra.
Mientras estás recogiendo la uva piensas que cada cepa tardó años y años en crecer, superando plagas, buscando el alimento en un suelo árido y resistiendo todo tipo de tempestades. Han tenido que crecer con la ayuda del hombre, con muchos mimos y cuidados, ofreciendo a cambio unos racimos no muy grandes pero de una calidad excelente. No te puedes hacer a la idea de la satisfacción que da sentir que estás recogiendo el fruto de tanto trabajo.
Al caer la tarde, nos despedimos entre cariñosas palmadas en la espalda y fuertes apretones de manos. Volveremos, seguro. Ojalá puedas unirte a nosotros el año que viene, te va a encantar: buen vino, naturaleza imponente y gastronomía para chuparse los dedos, ¿no era ese tu plan perfecto?
Te mando un fuerte abrazo,
Amara

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