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El hayedo permanece en silencio. Contiene la respiración. Solo el áspero canto de una urraca, indiferente a la expectación que le rodea, sacude la umbría. El resto es rumor de hojas tiernas, zumbido de insectos y bisbiseo de secretos antiguos…

Si hay un árbol que hunde sus raíces en los cuentos de nuestra infancia, ese es el haya. Y con razón, porque no hay bosques más fascinantes que los hayedos, que forman catedrales mágicas y sutiles iluminadas por vitrales de follaje fantástico…