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Ciudad Rodrigo, ¿qué esconde detrás de sus murallas?

Ariel Martínez
Fotografía: Pío García

Cuando el dedo de mi hijo se posó sobre Ciudad Rodrigo, pensé que ese nombre solo se podía deber a un pasado templario. Ya me imaginaba hurgando en algún museo, pero mientras mi mujer nos iba leyendo una breve reseña de Internet, mi entusiasmo fue esfumándose. Nada de caballeros templarios. Incluso jugué con la idea de encontrar un modo de anular la elección de mi hijo, pero las reglas eran las reglas.
Me explico: a mi familia y a mí nos gusta descubrir nuevos lugares. Cuando sentimos que necesitamos un respiro del día a día, sacamos un viejo mapa de España del cajón, lo desplegamos sobre la alfombra y buscamos algún lugar al que viajar.

Ciudad Rodrigo

De vez en cuando escogemos ciudades de renombre, pero para escapadas de uno o dos días solemos dejarnos llevar por una especie de intuición mística que alcanza a mi hijo. Su talento consiste básicamente en dos estrategias. La primera es usar el mapa como si de una tabla de güija se tratara. Para ello deja sobrevolar su dedo sobre la Península, aparentemente sin sentido alguno, hasta dejarlo caer sobre algún lugar. La segunda es cuando estudia concienzudamente cada rincón hasta dar con algún nombre que le llama la atención. Puede parecer un poco atrevido, pero de este modo hemos conocido lugares como Calamocos en León, Cenicero en Logroño o Quinto Pino en Coruña.
Puede que alguna que otra vez mi mujer y yo nos miremos un poco desconcertados con ciertos destinos, pero nos dejamos llevar. Cierto es que a veces desentonamos bastante con el entorno. Parecemos literalmente unos extraterrestres en medio de campesinos o ancianos curiosos por nuestra visita a su aldea casi despoblada. Pero siempre acabamos comiendo algo típico de la región y escuchando historias de cuando aquel recóndito lugar estaba lleno de vida.

Plaza Mayor de Ciudad Rodrigo

De modo que partimos un sábado por la mañana hacia Ciudad Rodrigo, un municipio en la provincia de Salamanca. Me esforcé por compartir la ilusión de mi familia. ¿Habría algo interesante que ver allí? Tal vez podíamos hacer una visita rápida y desviarnos después a la cercana Portugal.
Tras instalarnos en el hotel, salimos a la calle para zambullirnos en la «operación Rodrigo», como había bautizado mi hijo este viaje. Caminando por las calles empedradas y rodeado por caseríos que lucían orgullosamente sus escudos medievales, comencé a arrepentirme de mi inicial reticencia. Miré a mi mujer cuando nos detuvimos en la Plaza Mayor, deseando que empezara a ejercer de guía turístico, como de costumbre.

Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo

—Este edificio es el ayuntamiento, del siglo XVI. El ala derecha antes no estaba, se le añadió en 1903. Y ahí en lo alto, ¿veis?, está la llamada campana gorda. En su día la hacían sonar cuando se acercaba algún peligro.
—¿Algún peligro? —quiso saber mi hijo de inmediato—. ¿Como un dragón o un robot descontrolado?
—Bueno, dragones y robots tal vez no, pero es una ciudad fronteriza y fue escenario de varios desencuentros. Muchos judíos tuvieron que escapar a Portugal perseguidos por la Inquisición. Y desde luego que la Guerra de la Independencia dejó huella aquí, la ciudad fue sitiada varias veces.
Los siglos XV y XVI supusieron una época de auge, como explicó mi mujer al acercarnos a la casa de los Vázquez. Durante ese tiempo fue cuando se construyeron la mayoría de las casas señoriales, monumentos y palacios.

Casa de los Vázquez

—Pero aquí dice oficina de correos —se quejó mi hijo.
—Cierto —dije revolviéndole el pelo— , porque eso es lo que es ahora. Muchos edificios antiguos se utilizan ahora para otros fines.
Mi mujer asintió enérgicamente.
—Como el castillo de Enrique II de Trastámara que ahora es Parador Nacional de Turismo. Venga, vayamos a ver el Hospital de la Pasión.
Nuestro hijo iba saltando por las calles estrechas, ilusionado por la promesa de pasar por el castillo. Mi mujer me explicó que la capilla del hospital se había construido sobre una sinagoga, puesto que ahí había estado ubicada la zona judía de la ciudad. Pasamos por unas paredes que se mantenían estoicamente en pie. Me quedé impresionado cuando me dijo que Francisco de Asís había permanecido un mes en esta ciudad y que había promovido la construcción de ese convento ahora en ruinas.

Castillo de Enrique II de Trastámara

El castillo-fortaleza, construido en 1372, consiguió impactarnos a todos con su torre del homenaje. Después de media hora conseguimos sacar por fin unas fotos decentes en las que mi hijo no salía sacando la lengua. Y antes de emprender el paseo por la muralla que circundaba la ciudad, nos acercamos al Puente Mayor que cruzaba el río Águeda.
—Si es de origen romano ya no queda nada que lo demuestre —dijo mi mujer—. Pero la ciudad sí tiene un pasado innegablemente romano. Entre los hallazgos más importantes se encuentran las tres columnas que vimos antes expuestas en una rotonda. Seguramente formaron parte de un templo.
—Están en el escudo de la ciudad —apuntó mi hijo con aires de sabelotodo.

Puente Mayor - Ciudad Rodrigo

El paseo por la muralla supuso un agradable pasatiempo. Más de dos kilómetros de historia bien conservada con vistas a la ciudad incluidas. Mi mujer nos explicó detalles de cada una de las siete puertas que todavía se conservan. Fue entre estos muros donde se refugiaron los mirobrigenses (gentilicio que causó una inmediata reacción en nuestro hijo) de las tropas francesas. Los impactos de esa lucha todavía eran visibles en algunos edificios (hecho que causó una nueva reacción en el pequeño). Se pasó el tiempo que estuvimos visitando la catedral de Santa María buscando alguna evidencia de lo sucedido. Nosotros, en cambio, quedamos en stand by, como lo designa nuestro hijo, admirando esa joya del siglo XII.
—¿Y el nombre de Ciudad Rodrigo? —pregunté cuando llegamos de nuevo a la Plaza Mayor para refrescarnos en una de sus terrazas.
—Parece que la reconstrucción y repoblación se llevó a cabo gracias al conde Rodrigo González Girón, alrededor del año 1100. Dicen que de ahí viene el nombre. La construcción de la muralla fue posterior, bajo el mandato de Fernando II de León.
—Nada de templarios —musité tomando un trago de mi cerveza.
—Pues no parece. Pero tampoco te veo muy decepcionado.
No lo estaba. Miré a mi hijo de reojo. Ese genio que nunca falla al proponer lugares. Ciudad Rodrigo, ¿algo que ver? ¡Mucho que ver!, me corregí relajado.

Catedral de Santa María - Ciudad Rodrigo