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Convertirse en agua y metal en Taramundi

Andrea Barreira Freije
Fotografía: Pío García

Que el Principado haya escogido como lema «Paraíso natural» para describir Asturias es algo que solo se puede considerar como la más pura realidad. En toda la Comunidad, la naturaleza es una vecina más con la que la gente convive. Es parte de su riqueza material y espiritual. El amor que le dan y el cuidado que le dedican se puede apreciar en cada bosque, prado, en cada pueblo, sin importar lo grande o pequeño que sea. Taramundi es un ejemplo. Y, si no tienes cuidado, irremediablemente serás parte de esta tierra.
Llevaba demasiado tiempo encerrada en una ruta circular que iba desde casa a la oficina. Así que, cuando me invitaron a ir de senderismo a Taramundi, no me lo pensé dos veces. Desempolvé las botas de montaña para que se llenaran de nueva tierra y preparé la mochila.

Taramundi

Salimos la tarde anterior a la caminata. Queríamos aprovechar bien el viaje y pasar el día previo en el pueblo nos pareció buena idea. La carretera zigzagueaba. Alguien confesó que se mareaba. En cierto modo me alegré, aunque suene a mala persona, pero era una buena excusa para poder abrir la ventanilla y dejar que el aire de montaña inundara el coche. No sabría decir por qué. Quizás el olor a tierra mojada, el mecer de los árboles, las nubes que se perdían en el horizonte… Todo introducía en mi interior cierta calma, como si me estuviera deshaciendo por dentro.

Taramundi

Creo que me quedé dormida, porque escuché una voz que me llamaba.
Esa noche, mientras tomábamos unas sidras antes de irnos a dormir, me dio por contar mis ensoñaciones. Un viejo del lugar me miró con simpatía.
—¡Ten cuidado, o serás presa de la xana del río Turia! —me advirtió.
Todas nos reímos, y lo cierto es que no le hice mucho caso. No me considero una persona supersticiosa ni demasiado dada a creer en cuentos de hadas, brujas o fantasmas. Ningún miedo, por muy ancestral o infantil que fuera, estropearía la excursión.

Taramundi

He de reconocer que soñé con esa voz. Efectos de la sidra, del paisaje, de las ganas de salir a caminar, qué se yo. Aunque creo que más bien era ese tac, tac, tac que se colaba a través de las contras.
—Silencio. Escucha. ¿Oyes eses tintineo? Puede que sea la lluvia repicando en la pizarra o quizás en las hojas y en la hierba. O puede que sea el martillear sobre el filo de una navaja para darle forma. No… Es algo más profundo. Es el latido de las montañas entre las que se esconde Taramundi.

Taramundi

Aún así, dormí bien. Nos levantamos temprano. Desayunamos en abundancia: unas tostadas con pan de casa y mermelada de arándanos. Llenas de energía, nos pusimos en camino. El suelo estaba húmedo. Cogí aire. El hecho de que Taramundi esté en una pared de montaña daba cierto sentimiento de libertad.
Miré a mi alrededor. Las casas de piedra parecían desperezarse mientras mis amigas empezaban a impacientarse. Aunque la Ruta del Agua es sencilla, lleva su tiempo recorrer trece kilómetros y no habíamos ido para que yo me perdiera con los biosbardos.

Taramundi

Caminábamos entre bromas. ¡Quién me mandaría contar nada! Poco a poco la naturaleza fue robándonos la risa, aunque no nos quitaba la sonrisa. Un silencio aparente se imponía. Definitivamente, estábamos en otro mundo. Por un momento me pregunté si sería posible la existencia de las xanas. Esa pregunta saltó como un resorte al llegar a Mazonovo.
Un conjunto de molinos de agua se erguía ante nosotras. Estaban tan bien conservados que, por un momento, me pregunté en qué año estábamos. A través de las gruesas paredes de piedra se colaba el sonido del mazo golpeando el granito. El tac tac de la noche anterior se hizo más intenso. Pero allí no había navajas o hierro que trabajar. No pude evitar que se me hiciera la boca agua al recordar tanto el pan de la mañana como el que llevaba en la mochila. Piedra y grano, una buena combinación. Una buena harina. Pero aún era pronto para un descanso, y así se lo recordé a mi estómago.

Taramundi

Nos separamos para ver los edificios. Nunca nos llaman la atención las mismas cosas, por lo que nos gusta ir cada una por nuestro lado y luego compartir cada detalle: una se detuvo a observar los mecanismos que hacen funcionar cada engranaje del molino (siempre le había gustado la mecánica), otra probó a hacer harina a la vieja usanza, con todo el esfuerzo que requiere (si le dejaban probar no era capaz de negarse a hacer algo por sí misma).
Yo seguí el transcurso del río, casi como si fuera el agua desviada que movía las ruedas de madera del molino. Y, como si estuviera agotada por el esfuerzo, me detuve en el puente que une las distintas construcciones y miré al río. Pero no vi mi rostro. En su lugar, otra mujer me observaba. Cuando me guiñó el ojo volví a ser yo.

Taramundi

Desconcertada, fui a buscar a mis compañeras y seguimos el rastro del río Turia, mientras reconocíamos que había sido un dinero y tiempo muy bien invertido.
Algo más adelante, decidimos desviarnos un poco para poder ver la cascada Salgueira. En la oficina de turismo nos habían dicho que tenía una caída de cincuenta metros y, como había llovido, nos garantizaron que llevaría agua. No es que nos importara la cantidad, iríamos de igual forma. No sé si os lo conté, pero nos llamamos las cazadoras de cascadas, cataratas y fuentes. Solo hacemos caminatas que incluyan unos de estos elementos. Además, perderse entre árboles caducifolios siempre merece el esfuerzo.

Taramundi

Tras la correspondiente foto, cual conquistadoras de picos de montaña, decidimos descalzarnos y mojar los pies. Da igual lo fría que esté el agua, es un ritual. Allí, inclinada sobre el río, me vi. La vi.
—Mi nombre es Salgueira. Soy una xana. Ya no tejo joyas de plata, ni tampoco de oro. Antes fundía el hierro entre mis manos. Pero ahora solo observo. ¿Qué mayor tesoro que contemplar este paraje? A veces me diluyo y me convierto en Turia. A veces me transformo en una viajera… ¿Qué más da? Pocas veces las xanas abandonamos nuestras fuentes, ríos o riachuelos. Pero si sabes dónde encontrarnos y, sobre todo, cómo convencernos, sacaremos nuestros pies de las aguas heladas y caminaremos contigo los senderos de barro, piedra y hojarasca.

Taramundi

Sí, eran palabras tentadoras. Pero saqué los pies, puse rápidamente los calcetines y apreté tanto las botas que me dolió el empeine. Mis amigas me miraban como si estuviera loca.
—Tenemos que sacarte más… Parece que ya te has olvidado de lo que es un río que no sea de asfalto. —Y se echaron a reír.
Si ellas supieran… ¿Sabían? Volvimos al camino principal y fue ahí donde fui consciente. Llegamos a Esquíos. De repente parecía que podía escuchar con mayor claridad hasta los topos que cavaban túneles en sus prados. Incluso sentía el batir de alas de los ratoneros que esperaban sus presas en el aire, o la pisada de corzos, zorros y jabalís. Mis ojos recorrieron las casas para volver a la realidad. «¿Cómo son capaces de cuidar tanto su entorno?», me preguntaba mientras reflexionaba sobre la capacidad que tienen en Asturias de tener todo perfectamente ordenado, sin un esfuerzo aparente, como si simplemente no hubiera otra opción más que ser así.

Taramundi

Seguimos caminando. Entonces, en el camino, la ermita de Santo Domingo de Teixois hizo acto de presencia. A punto estuve de santiguarme, pero mis compañeras eran capaces de dejarme allí si lo hacía. Aunque tampoco me importaría. ¡Se estaba tan bien! ¿En qué no creer cuando capillas y cementerios son un elemento más de la naturaleza? Coníferas, castaños, huertas… todas parecían rezar al unísono, mientras el aire introducía sus ruegos entre las rendijas de la puerta de madera del edificio. Lo cierto es que me costaba mover los pies, era como si la tierra me agarrara los tobillos.
Me daba igual. Lástima tener que volver a la rutina. Deseché el pensamiento por negativo y me obligué, más bien me obligaron, a seguir el camino.

Taramundi

Tac. Tac. Tac. De nuevo el latido martilleaba en cada pared al encontrarnos en territorio de molinos. Teixois, declarado Bien de Interés Cultural, nos esperaba. El título es perfecto. Aún no habíamos llegado y mi aliento se me quedó atrapado en la garganta. Por la expresión de mis amigas, ellas estaban igual. Entre esas paredes regias parecían fundirse todos los elementos. La tierra, el fuego que la doblega, el agua que mueve las ruedas, el aire que da fuerza. Molinos y forjas de la mano. ¿Cuántas veces el agua y el fuego trabajan juntos? Me senté debajo de un hórreo. Su robustez me daba cierta sensación de protección. Entonces la voz de la xana se hizo más intensa. ¿O era yo que podía escuchar con mayor nitidez mi voz? Mis deseos, mis preocupaciones… Siempre que voy de senderismo tengo la sensación de que me reconcilio conmigo misma.

Taramundi

El murmullo me acompañó hasta el pueblo de Almallos. El mundo se deshacía en colores y silencio. Me olvidé de la estación en la que estaba, no importaba, todo se pintaba de tonalidades que parecían imposibles, irreales y que, sin embargo, estaban al alcance de nuestros dedos. El lugar parecía deshabitado, pero la rehabilitación de varias casas hacía que irradiara vitalidad.
No nos detuvimos demasiado, debíamos continuar. Cuando llegamos a As Veigas sentía que ya no era yo. Me veía reflejada en esos ojos sabios y apacibles de las vacas que pacen sin aparente preocupación. Mi rostro se confundía con el de ellas, con el de la xana. Aún no comprendía cómo mis amigas no se daban cuenta del cambio.

Taramundi

Aunque, pensándolo bien, ellas también estaban distintas… ¿O era yo que no las veía igual? Me encontraba tan embriagada que no sé cómo llegué de nuevo al punto de partida.
Ya era hora de volver. Subimos al coche exhaustas pero satisfechas. Yo me notaba diferente, como si fuera otra persona. Aún no habíamos arrancado y ya necesitaba volver a Taramundi.
Al fin y al cabo, dicen que las xanas no pueden abandonar el río ni la fuente a la que pertenecen.