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Diario de un peregrino a Compostela

Explorar caminando el mejor patrimonio cultural y paisajístico de Galicia

 

Tamara Novoa Alonso
Fotografía: Pío García

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La idea de hacer el camino surgió de un buen recuerdo. Hace ocho años como broche final a los estudios secundarios y precediendo a lo que serían mis años universitarios en Santiago de Compostela un grupo de amigos decidimos poner rumbo a la capital gallega. A pie, cual peregrinos, quién sabía si volveríamos a tener la oportunidad de embarcarnos en otra aventura así todos juntos. Decidimos hacer el camino portugués por razones de proximidad, dado que todos vivíamos en Vigo. Una mañana calurosa del mes de julio nos presentamos delante de la Catedral de Tui, con una mochila cargada de ilusión y la confianza que habíamos forjado tras años de amistad. Posiblemente recorrer los 118 quilómetros que separan Tui de Santiago fue en algunos momentos agotador. Sin embargo, con el paso de los años todo resquicio de sufrimiento ha ido desapareciendo de mi memoria y solo recuerdo ya, las risas y bromas entre amigos, largas conversaciones sobre como solucionar el mundo o el simple hecho de estar tumbados descansando. Miles de anécdotas que todavía recordamos cuando nos encontramos.

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Fueron estas memorias las que nos empujaron a repetir experiencia. Esta vez, aunque con algunas ausencias, nos decidimos por el camino francés desde Sarria. Este es sin duda uno de los puntos más populares donde iniciar el itinerario, porque además de estar en el camino que cuenta con mayor afluencia de romeros lo separan 115 km de Santiago, recorrido mínimo para ganar la Compostela. Subimos hasta el monasterio de la Magdalena para conseguir nuestra credencial de peregrinos y comenzamos nuestra caminata descendiendo entre la niebla  propia de la montaña lucense, que convertía el camino en algo casi místico.  El primer tramo que une  Sarria con Portomarín fue sin duda la parte más transitada hasta llegar al Monte de O Gozo.

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Para entrar en Portomarín cruzamos el embalse de Belesar que anega las miles de historias que descansan en el pueblo viejo. Aquel que solo revive en la época estival cuando las aguas del manantial bajan lo suficiente para que los peregrinos curioseen entre las ruinas del poblado inundado y los vecinos paseen entre los recuerdos de aquellas casas que les fueron arrebatadas para construir la presa. La nueva villa erigida sobre el Monte de O Cristo es sin duda una de las poblaciones más curiosas atravesadas por el camino. Se accede a ella a través de una escalinata sobre uno de los arcos que todavía se conservan del antiguo puente romano que cruzaba el Miño.  En Portomarín paramos a descansar y coger fuerzas porque nuestra primera etapa no finalizaría hasta la parroquia de Gonzar. Una aldea del interior lucense en la que los únicos sonidos perceptibles eran el mugir de las vacas y el repicar de la campana de la iglesia.

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La etapa de Gonzar a Melide fue la más dura de todo el trayecto. Melide era aquella quimera inalcanzable que parecía alejarse con cada zancada que dábamos.  Este tramo fue culpable de alguna ampolla y de nuestro cansancio muscular. Las caras se repetían en el albergue y poco a poco comenzamos a saludar a gente a la que nos unía la empatía del peregrino. Aquellos caminantes que llevaban más tiempo de viaje eran fáciles de distinguir. El brillo en los ojos los delataba. Veían la meta tan cerca que la energía provocada por la emoción se hacía evidente en cada uno de sus gestos. Comenzábamos cada etapa con las primeras luces del día. La luna llena nos acompañaba en nuestro caminar silencioso de la alborada. Hasta que finalmente se imponía el sol que nos sorprendía cada jornada con un juego de colores diferente. Los prados verdes, las montañas y la frondosidad de los árboles se sucedían a nuestro paso. Un paisaje que invitaba a la reflexión y te hacía pensar en todas esas personas que habrían pisado aquellas mismas piedras tras diez siglos de peregrinajes. Romeros a los que les tocó vivir épocas muy diferentes a la actual y con los que sin embargo compartimos el camino.

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Entre estas reflexiones llegamos a Salceda donde Boni y las comodidades de su albergue nos dieron la bienvenida. La hospitalidad de nuestro anfitrión fue sin duda el empujón final que necesitábamos para llegar a Santiago. Tras pasar el Monte de O Gozo comienzas a sentir un cosquilleo en el estomago porque el viaje está a punto de llegar a su fin. Y son estas ansias las que hacen que los siete quilómetros que separan O Gozo de la Catedral se hagan los más largos de toda la ruta.

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Ya en el Casco Vello compostelano el sonido de la gaita bajo el arco de Xelmírez anuncia que la llegada es inminente. Cuando al fin pisas el Obradoiro buscas el punto exacto que marca el medio de la Plaza y una vez allí alzas lentamente la vista y te dejas sorprender por la Catedral. Lo has conseguido y ella está ahí firme majestuosa dándote la bienvenida. Compostela fue para nosotros el fin de la aventura. Sin embargo, son cada vez más los peregrinos que continúan su camino hasta Fisterra, el cabo donde durante mucho tiempo se creyó que terminaba la tierra. Una vez allí queman las ropas que usaron a lo largo de la romería y disfrutan de una de las puestas de sol más bellas y purificantes del universo.

Comentarios ( 2 )

  • Moi bo texto sobre unha experiencia no camiño de Santiago e fermosas fotografías coas que sempre, Galiciaenteira, nos sorprende. Estades facendo un estupendo traballo, ánimo e seguide acercándonos Galicia a esta pequena ou gran, como queiramos vela, fiestra virtual.

    • Galiciaenteira

      Graciñas Carmen. Ai, Galicia, Galicia cada día abrimos a fiestra e atopamos una estampa ben diferente. Que maravilla a nosa terra!