Categorías

El bosque glaciar do Canda

Fran Zabaleta
Dirección y fotografía: Pío García

Hay un lugar en Galicia en el que el tiempo parece haberse detenido. Llegas a él y los ojos se te llenan de luz. De color. De ese verde ancestral que te conecta con la misma tierra y que te hace desear ser árbol para echar raíces.
Trevinca-A Veiga está llena de secretos: bosques antiguos, cielos inmensos y piares eternos. Aquí, en las estribaciones del macizo de Pena Trevinca, en Ourense, a un paso de Castilla y León, te invade una añorada sensación de paz. Tienes la sensación de que has regresado a tu infancia, a esa Galicia mítica de bosques interminables y pequeñas aldeas de piedra y pizarra por cuyas calles estrechas todavía rechinaban las ruedas de los carros.
Esta es tierra de alta montaña. Pena Trevinca se alza por el este, marcando con sus 2.127 metros el techo de Galicia. Hace unos cuantos miles de años, durante la última glaciación, estas montañas estaban cubiertas por inmensas masas glaciares. Hoy los hielos perennes han desaparecido, aunque regresan durante los inviernos en forma de nevadas cada año menos copiosas.

O bosque do glaciar do Canda

Sin embargo, el paisaje mantiene muy vivo su recuerdo en las cumbres desgastadas por la erosión, en los depósitos de morrenas que marcaban el avance de las lenguas glaciares, en los lagos y las turberas que se formaron tras el deshielo, como la lagoa da Serpe y la de O Celo o la turbera de O Sestil, y en los numerosos arroyos y torrentes encajados en los valles.
Uno de esos arroyos es el río Canda, que excava su valle a los pies de la Serra Calva, una de las cuatro que forman el macizo de Trevinca.

O bosque do glaciar do Canda

El río Canda esconde uno de los secretos mejor guardados de Trevinca-A Veiga: en sus márgenes vive el Bosque Glaciar do Canda, una masa arbórea de gran atractivo biológico, una densa espesura de rebollos, abedules, laureles, serbales, saúcos negros, fresnos y acebos que conviven con una rica flora formada por campánulas, azuzenas silvestres, cervunos, arándanos, orquídeas y otras muchas especies.
Se accede al bosque a través de una senda de unos seis kilómetros que parte del pueblo de Seoane y que nos conduce a través de un paisaje mixto de bosques y prados de alta montaña hasta el río Canda. Es apenas un paseo de montaña, sin mayores dificultades, pero también es un viaje en el tiempo.

O bosque do glaciar do Canda

En el Bosque Glaciar do Canda la vida rebosa gracias al gran desnivel existente entre los valles y las cumbres, que permite una importante diversidad bioclimática, botánica y zoológica, y a unas gentes que, a la vista está, sienten un profundo respeto por su tierra y han sabido conservar su esencia.
Aquí viven lobos, jabalís, corzos, armiños, salamandras, ranas, víboras… No los vemos, pero están ahí, acechándonos desde la espesura, aguardando a que nos vayamos para retomar el control de su territorio. Y con ellos cien especies de pájaros, desde los más tímidos, como la perdiz pardilla, que por cierto está al borde de la extinción, hasta los más imponentes, como las águilas reales y los buitres leonados.

O bosque do glaciar do Canda

Hay maravillas allá donde mires. Una de las especies más sobresalientes es el acebo, que encuentra en esta espesura uno de sus últimos refugios de cierta extensión.
El acebo es una especie protegida. Está en peligro de extinción debido a la costumbre secular de utilizar las ramas invernales de los pies hembras, cargadas de frutos rojos, para la decoración de los hogares. Esta práctica ha provocado una descompensación entre pies machos y hembras e impide la reproducción normal de la planta.

O bosque do glaciar do Canda

En el Bosque do Glaciar do Cando el acebo se encuentra a gusto. Prefiere los bosques húmedos de montaña y le gusta vivir a la sombra de otros árboles, como hace aquí bajo las copas de los abedules. A cambio de esa protección, el acebo es generoso: sus frutos y sus hojas constituyen casi el único alimento de animales como el urogallo, que en tiempos no muy lejanos habitó estas montañas, el zorzal o el corzo.
Aunque solo fuera por el acebo, este bosque ya merecería formar parte de tus secretos mejor guardados. Pero hay muchos más: serbales, abedules, perdices pardillas, tejones… y, cómo no, esta prodigiosa sensación de paz.
A veces hay que viajar lejos para llegar a casa.
A veces, los mejores secretos son los que permanecen a la vista, esos que para descubrirlos solo hace falta saber mirar.

O bosque do glaciar do Canda
Fran Zabaleta