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El paraíso perdido de Trevinca – A Veiga

Fran Zabaleta
Fotos: Pío García

A Veiga

De vez en cuando la casualidad se alía con la fortuna y nos da una palmada en la espalda. En tales ocasiones lo mejor es dejarse llevar, sin hacer planes ni preocuparnos por nuestro destino. Eso es lo que decidí unos días atrás, cuando un amigo me llamó por teléfono y me propuso pasar unos días en A Veiga.

Trevinca

—¿Dónde? —pregunté. El nombre me sonaba vagamente, pero reconozco que no conseguí situarlo.
—¿Si te digo Pena Trevinca te suena más?

Y tanto que lo hacía. Me vino a la memoria un paisaje de montañas, nieves y vientos gélidos que resonaban en mi imaginación como la banda sonora de un cuento infantil. El macizo de Pena Trevinca, en el que se alza la mayor altura de Galicia (2.127 m), se encuentra en el límite entre las provincias de Ourense, Zamora y León. Cuando yo rondaba la adolescencia, en el Vigo de finales de los años setenta, Trevinca era el destino soñado de cuantos nos iniciábamos en la montaña, la escapada perfecta para un fin de semana de libertad y el escenario de las travesías invernales que nos relataban montañeros experimentados, y que resonaban en nuestros oídos con tintes épicos. Desde entonces no había vuelto a pisar aquellas montañas y apenas guardaba un vago recuerdo de ellas.
Le dije que sí a mi amigo, claro. Sin pensarlo.

Trevinca

Unos días después me hallaba en la cima del pico Maluro, a 1934 metros de altitud, a la vista de las tres principales cumbres de Galicia: la propia Pena Trevinca, Pena Negra y Pena Surbia. El paisaje era grandioso, un espectáculo de cielos azules, rocas y manchas de vegetación que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, arroyos encajados en los pliegues de las montañas, minas abandonadas y circos glaciares. Costaba imaginarse, bajo el sol intenso del verano, cómo habrán sido estos parajes cuando los moldeaban lenguas glaciares de kilómetros de extensión. O cuáles habrán sido las duras experiencias de los maquis que, tras la derrota de la República en la guerra civil, se refugiaron en estos parajes de montaña para continuar la lucha. Respiré profundamente, asombrado por cuanto tenía delante. La senda que llevaba a Pena Trevinca se extendía tentadora ante mí bajo el sol del verano, despertándome recuerdos dormidos. Si cerraba los ojos, la cabeza se me llenaba de imágenes de estos mismos parajes cubiertos por la nieve invernal y los oídos se me colmaban con los aullidos del viento…

Laguna de Ocelo

 Volver a Trevinca tantos años después no ha sido solo un ejercicio de nostalgia personal. Ha sido, sobre todo, un descubrimiento, el regalo de una Galicia que se conserva milagrosamente intacta pese al paso del tiempo, un espectáculo de vegetación exuberante, bosques de caducifolias y pequeñas aldeas de casas de pizarra que son monumentos vivos de nuestra arquitectura tradicional, testigos de una época en la que no se conocía el feísmo. Pena Trevinca es un paraíso para los montañeros y un destino buscado por los amantes del senderismo, con sendas que atraviesan bosques encantados y ascienden hasta lagos de origen glaciar, como la laguna de Ocelo o la de la Serpe, donde vive una serpiente que, en las noches de luna llena, se transforma en una hermosa moza que pide a cuanto mozo pasa por allí que la desencante.

Santa Maria de Xares-A Veiga-Ourense
Carballeira del Xares

Pero Trevinca – A Veiga es mucho más. También es un paraíso para los deportes acuáticos, como el kayac, el paddle surf o la natación, que encuentran su escenario natural en el embalse de Prada, y un territorio repleto de cultura, gastronomía y una rica etnografía, un pedazo de Galicia que conserva, como por fruto de un encantamiento, la esencia de nuestra tierra.

Embalse de Prada - A Veiga

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