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El vaivén de las mareas de Muros

Andrea Barreira Freije
Fotografía: Pío García

Ria de Muros

Viajar hacia Muros siempre me produce una sensación de calma. Puede ser por la carretera que discurre al lado de la costa, invitando a bajar las ventanillas y a dejar que el olor a agua salada inunde mis pulmones: es como sumergirse en el mar. O quizás sea por la amalgama de brillos que crea el sol al abrazarse con el océano, produciendo esas tonalidades tan peculiares en las aguas gallegas. Aquí la luz es diferente.

Molino de Mareas - Muros

Conduzco, pues, tranquila hasta llegar a Serres. Antes de tomar la curva que me llevará a Muros me detengo a visitar el molino de Mareas, uno de los mayores de España. En él se molían trigo y maíz, luego fue una casa de baños en donde el agua y las algas curaban las dolencias. Hoy en día, ya rehabilitado, su uso es cultural. Con su remodelación, las zonas circundantes, antes anegadas por el mar, se han convertido en un parque. Sin embargo, en la fachada que mira al Atlántico, un balcón continúa observando cómo suben y bajan las mareas. Sosteniendo el edificio, unos cimientos que cubre la pleamar. Ahora la marea está subiendo, pero los días que está baja se puede pasear entre los pilares, así que cierro los ojos y escucho cómo arrulla el agua al subir mientras me imagino el girar de las aspas en la época en que se molía.

Virgen del Camino - Muros
Virgen del Camino - Muros

Vuelvo a la realidad y continúo mi camino. En la entrada de la villa muradana se alza el santuario de la Virgen del Camino, un edificio rotundo, sólido. A pesar de estar cerrada, una ventana me permite ver su interior. A mano izquierda, un barco me empuja a viajar con los marineros hasta la dama dormida tras el altar, que recuerda a una bella durmiente. Quizás descanse tras el largo camino que la llevó a la orilla, pues se cuenta que la Virgen se apareció en la playa ante la que se levanta este santuario gótico, como si buscase el amparo de la vieja ermita.

Muros

Me separo de la ventana y alejo mis pasos vigilada por las miradas de los canecillos de piedra que me observan desde lo alto. Cruzo la calle y comienzo a caminar por el paseo marítimo hasta el centro de Muros y el puerto. Mi mirada se detiene en la capilla de los Remedios, pequeña, tan incrustada en la ladera que parece formar parte ella. Continúo mi caminar dudando si seguir bajo los soportales o por el paseo, para poder observar las galerías en las que, cual espejo, se refleja el puerto, la ensenada… Me detengo ante el cine París, ahora abandonado, imaginando a la gente que se acercaba a ver los estrenos de la época. Decido cruzar para perderme por la villa. Me gustan las callejuelas que suben entre las casas: estrechas, con sutiles brillos de la piedra que las enmarcan. Da igual la época en que visite Muros: tanto el bullicio del verano como la calma del invierno me producen una sensación de tranquilidad. Callejeo hasta la Casa do Concello que observa a los niños jugar, a la gente pasear y charlar sobre su día a día. Lo bordeo y comienzo a subir la calle hasta llegar a la iglesia parroquial que deshace el sol en su rosetón gótico.

Muros
Muros

No me detengo y sigo subiendo más y más por una carretera sinuosa hasta la ermita del Espíritu Santo, donde dicen que la Virgen se dejó caer, quién sabe si para poder vigilar el océano del que llegó hasta Muros. Sin embargo la capilla se levanta de espaldas al mar. Decido sentarme un rato en las sillas y observar la ría.

Ermita del Espíritu Santo - Muros
Ermita del Espíritu Santo - Muros

Empujada por la brisa, vuelvo al coche y me dirijo hacia la playa de A Vouga. La verdad es que es difícil escoger una única playa de la costa de Muros, pero desde ella se observa una de las caras del monte Louro, en la que descansa el faro, que parece hacerme un guiño para que me acerque. No dejo que me lo pida dos veces.

Playa de A Vouga - Muros

Pero antes me apetece pasear, por lo que llevo mis pasos a la laguna del monte Louro. Por el sendero que me conduce hasta ella se mezcla el olor a mar con el del bosque, trasladándome a otra dimensión. El aire mece la hierba y provoca una onda que se expande hasta el agua de la laguna. El cielo y su reflejo se rompen por el vuelo de una garza que desdibuja con sus patas las aguas tranquilas. Todo es silencio. Hay gente observando las aves con prismáticos y el viento me empuja hacia la playa del monte Louro.

Monte y laguna de Louro - Muros

Es sorprendente cómo el verde se deshace en cientos de granos de arena, hasta llegar al blanco sobre blanco. La duna se alza ante mí y la escalo. Parece que no alcanzo el horizonte hasta que escucho rugir al Atlántico. Está ahí, esperándome. Me dejo caer sobre la arena y entierro mis pies. El sol comienza a deshacerse en ella al ritmo del romper de las olas. Es hora de terminar mi viaje.

Faro de Punta Carreiro – Muros

Subo al coche para volver al faro que, a pesar de su estructura pequeña, canta con fuerza el anochecer de los que ya no están. Me siento en las rocas mientras observo al sol caer mecido por las mareas y la brisa, en un vaivén que sigue el ritmo de la luz que se enciende lentamente, un haz que se pierde en la lejanía del horizonte siguiendo los pasos del Atlántico.

Ria de Muros

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