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Expedición a los Passadiços do Paiva

Andrea Barreira Freije
Fotografía: Pío García

Passadiços do Paiva

En el municipio de Arouca, en Portugal, entre Espiunca y Areinho, discurre un camino sinuoso con forma de pasarela. Laura se imaginaba los Passadiços do Paiva como el camino que siguió Dorothy para encontrar al mago de Oz.

Bajó de un salto del taxi que los había llevado hasta Areinho. Se puso la gorra, se ajustó la coleta, también las gafas, y comprobó que llevaba bien atadas las botas. A sus nueve años, era la primera vez que hacía esa ruta. Comprobó que llevaba todo en la mochila: el agua, la crema, un bocadillo, sandía; también una brújula, un plano del parque de Arouca y una linterna (aunque no haría noche, una nunca sabe si se perderá, por mucho que le digan sus padres que siguiendo la pasarela no le sucedería eso).

Passadiços do Paiva
Passadiços do Paiva

Al llegar a las escaleras, Laura echó un vistazo hacia abajo. Al principio sintió cierto vértigo, hasta que vio un par de mariposas antiopas volar delante de ella. «Si las mariposas no temen a las alturas, yo tampoco». Y se puso a descender la escalera mientras contaba cada peldaño. Uno, dos, tres… cincuenta, cincuenta y uno… Tan concentrada iba, ahora en las escaleras, ahora en las mariposas del madroño, que casi tropieza con otra senderista de rostro colorado.

Passadiços do Paiva

—¿Cuántos peldaños me quedan? —preguntó al escucharla contar.

—Muchos… En realidad he perdido la cuenta… —Laura se puso tan colorada como ella.

—No te preocupes, yo he contado 1500 —y le guiñó el ojo, dejándola con la boca abierta.

Passadiços do Paiva

Sus padres la apremiaron, por lo que ella también siguió su camino. Dejaron atrás la escalera para seguir el trazado del río Paiva, que rugía a su lado. A Laura le latía el corazón con fuerza. No era el cansancio, era la emoción. No dejaba de observar la corriente deseando encontrar nutrias. Nunca había visto una. Por el momento había distinguido varios tipos de libélula. De mamíferos ni rastro, pero estaba tranquila, aún le quedaba un buen tramo.

Passadiços do Paiva

Cada poco se detenían para observar la naturaleza que los rodeaba. Ahí las prisas no estaban permitidas, había demasiado que descubrir. Una voz llamó su atención. Nunca había escuchado una así, grave, profunda: era una cascada. El agua caía con fuerza, hipnotizando a quien pasaba a su lado. Su madre comenzó a nombrar parte de la vegetación que la rodeaba: un helecho, una anémona de los bosques. Su padre le habló de las rocas y minerales que el agua sacaba a la luz. Laura abría mucho los ojos, no quería perder detalle.

Passadiços do Paiva

Iban tan entretenidos que el puente colgante apareció por sorpresa ante ellos. Laura se paró de golpe abriendo la boca en un enorme O. No podía detenerse mucho tiempo, había más gente que quería alcanzar la otra orilla, pero tenía que enseñarles a sus padres sus descubrimientos antes de que desaparecieran. Señaló primero al cielo y luego a la orilla. Un halcón y un guardarríos. «Las aves no tienen miedo a las alturas», pensaba mientras cruzaba con seguridad, mirando de reojo hacia el río. Ya tenía ganas de darse un baño.

Passadiços do Paiva
Passadiços do Paiva

Su deseo no tardó en hacerse realidad. Cerca podían oír risas y chapoteos. Habían llegado a la playa fluvial, un buen momento para hacer un descanso. Laura se acercó a la orilla. Metió la punta del dedo y un escalofrío recorrió su cuerpo. ¡Estaba helada! No le quedaba otra opción. Se zambulló pensando: «Soy una nutria, las nutrias no tienen frío». Tan fuerte debió de ser el pensamiento que al ir a coger aire, el animal estaba allí. Si no fuera porque había dejado las gafas en la orilla habría jurado que le había guiñado un ojo y sonreído. Salió rápidamente, pero cuando se la fue a mostrar a sus padres había desaparecido.

Passadiços do Paiva

—Seguro que ha vuelto a la madriguera. O quizás esté construyendo una presa y no tenga tiempo que perder —la tranquilizó su padre, mientras comían a la sombra.

Después de recoger, Laura aún se dio un baño más antes de continuar. Aunque le habían prometido que al terminar la ruta podría darse otro, quería caminar refrescada igual que todas las ranas que había visto.

Passadiços do Paiva

Se levantó un poco de aire que mecía los árboles y con ellos las sombras. «Seguro que son los gavilanes quienes despertaron al viento», Laura estaba feliz. No tenía muchas oportunidades para ir de excursión y cada descubrimiento le parecía mil veces mejor que lo que veía en las hojas gastadas de las guías de animales. Olía a humedad, a musgo, a tierra. Laura iba descubriendo lagartos que escapaban ante un mínimo ruido, escondiéndose entre la vegetación. Le habría gustado ser más silenciosa, pero la madera, aliada de la fauna, emitía una alerta.

Passadiços do Paiva

Hicieron una nueva parada en los molinos de piedra. Un canal llevaba el agua hacia su interior, pero no pudieron entrar. «Lástima, seguro que las piedras tienen mucho que contar», pero Laura no se sentía defraudada porque cuando alcanzaron la falla de Espiunca, la propia montaña fue la que le habló. Podía distinguir perfectamente cada capa de tierra. Nunca se había imaginado tal cantidad de tonalidades de marrón. «Si cada capa es como un anillo de los troncos de los árboles… ¡qué vieja es!», Laura recolocó las gafas por si los ojos le engañaban.

Passadiços do Paiva

—¡Mamá! ¡Es una anciana! —como le había sucedido con las escaleras, había perdido la cuenta de los años.

Sus padres rieron mientras, de la mano, se dirigían a darse el último baño del día. Había que despedirse del Paiva. En Espiunca volvieron a subirse a un taxi. A Laura se le cerraban los ojos. Al día siguiente retomaban la rutina urbana.

Passadiços do Paiva

Diez años después volvería. Habían aumentado los kilómetros de la ruta, los passadiços se habían recuperado de los incendios y la naturaleza la llamaba de nuevo. Había convertido cada passadiço portugués en sus baldosas amarillas y a la naturaleza en su mundo de Oz.

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