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Extender las alas sobre San Miguel

Andrea Barreira Freije
Fotografía: Pío García

Pico do Carvao - Azores

Hay quien resopla cuando me ve girar hacia las islas Azores. Sé que nuestro viaje migratorio desde África al continente europeo es largo, pero no puedo evitar hacer un alto, un desvío más bien, y descender al archipiélago. ¿O acaso las aves no tenemos derecho a unas vacaciones? En cada visita, una isla. Hoy encamino mi vuelo a San Miguel, la más grande de todas ellas.

Mirador Salto do Cavalo - Azores

Lo primero, unas vistas aéreas. Hacer de las nubes un mirador para observar miradores. Comienzo por Pico do Carvao. La sinuosidad de las montañas se deshace, lentamente, en el Atlántico, como olas que regresan al océano. Los pastos se expanden sin frontera, con apenas alguna mancha de bosques de cedros japoneses. Continúo mi aleteo hacia Pico de Ferro. Me adentro en San Miguel y, al penetrar en la isla, las montañas me rodean, me abrazan sin asfixiarme, como si cada rama del bosque, cada vez mayor, no fuese más que uno de las ramitas flexibles con las que construyo mis nidos. Esa sensación de hogar se mantiene al llegar al Salto do Cavalo. El paisaje se vuelve más agreste, más salvaje. Entonces tomo consciencia de que tengo el mundo bajo mis alas, de que a mi alrededor no hay nada más que libertad. ¡Ay! ¡Si pudiera permanecer aquí!

Centro de Interpretación, Caldeira Velha - Azores

Pero vuelvo a la realidad. Decido que situar mis plumas en el espacio es la mejor forma de hacerlo. Desciendo hacia el Centro de Interpretación, situado en Caldeira Velha, con la excusa de ordenar mi visita y descubrir cada rincón que he vislumbrado más allá de los miradores. En realidad he de reconocer que me apetece conocer aves del lugar, sobre todo al camachuelo. Siempre es enriquecedor descubrir el día a día de quien habita y posee realmente los lugares. Además estoy segura de que me contarán los secretos del lugar.

Centro de Interpretación, Caldeira Velha - Azores

—¿Qué buscas? —me pregunta una voz aguda, cantarina. Sí, divertida por ver a un ave perdida.
Me confieso despistada, pero he de reconocer que no he visto el edificio. Si pudiera ruborizarme, creo que lo haría justo en este momento.
—El Centro de Interpretación… —comienzo mi explicación cuando decido que puedo lanzarme más—. Y quizás una guía.
Me mira con curiosidad y llena el pecho de orgullo.
—Has encontrada a la camachuela más hábil, veloz y conocedora de la isla de todo San Miguel. Para demostrártelo, te explicaré que el Centro de Interpretación ha sido construido para que se camufle en el paisaje. No eres la primera engañada —y vuelve a reírse, pero bajito por si me enfado, cosa que no hago porque yo también me estoy divirtiendo.

Sete Cidades - Azores

No tengo muy claro si este encuentro es una casualidad o lleva siguiendo mis idas y venidas desde que mi sombra se posó en San Miguel, pero antes de poder contestar, me agarra por las alas y me lleva hacia la laguna de Sete Cidades. Al ver su esplendor no puedo decir ni pío. Tengo la sensación de que todo San Miguel es un cuadro en azul y verde. Al llegar, rozamos con la punta de nuestras alas el agua del lago verde y, luego, del lago azul. El espejo nos devuelve unas ondas que, a pesar de no ser tan delicadas como la de los insectos que habitan sobre su lecho, parecen remover la superficie de la isla como los volcanes, en silencio, remueven sus entrañas. Seguimos volando hacia el lago Canario, rodeado de helechos y pinos y a continuación hacia el lago Empadadas, igualmente escondido entre un inmenso pinar. Decidimos hacer una parada para saborear la calma.

Lago Canario - Azores

—Si fuera posible creo que no dejaría esta isla —confieso muy bajito, pues este no es mi hábitat.
—Siempre puedes volver —me guiña el ojo mi guía—. Pero antes de que te quedes en el mundo de las ensoñaciones te voy a mostrar la fauna que habita esta isla.

Pico do Carvao - Azores

Y como ambas somos conscientes de que mi tiempo aquí se acaba, continuamos el viaje. No voy a ocultar mi sorpresa al descubrir que la fauna de la que me hablaba es la humana. «¿Por qué un ave quiere conocer al ser humano?», podéis preguntar. Os respondo: siempre es interesante comprender a otras especies, imaginar cómo ven el mundo a pesar de que no tener alas.

Ponta Delgada, Porta da Cidade, Azores

Entramos en la capital de la isla, Ponta Delgada, por la Porta da Cidade, colándonos por debajo de sus arcos como si realmente atravesáramos un portal tapiado, más por nuestro ímpetu que por ser esta una ciudad cerrada. Todo lo contrario. Ponta Delgada, con su puerto besando el Atlántico, se abre al mundo, cariñosa, expectante. La camachuela me explica que el Forte de Sao Bras servía de defensa ante los ataques piratas y corsarios, y entonces no puedo evitar imaginarme como ave acompañante en largas travesías; también me veo constructora de templos al curiosear a través de los cristales las iglesias de San José y San Sebastián, donde detenemos el vuelo para ver la ciudad desde su alta torre.

San Sebastián, Ponta Delgada, Azores

Estoy extasiada. ¿Cómo una ciudad, en apariencia pequeña, puede ocultar tantas historias? Necesito un respiro, por lo que volamos de vuelta al puerto. El aire del Atlántico despeina mis plumas, un toque de atención para que continúe mi viaje al norte. Lo hago callar, con la promesa de agilizar mi vuelo para alcanzar, aunque sea exhausta, a mis compañeras.

Puerto, Ponta Delgada, Azores

Sin detenerme más, alzo el vuelo. Tan alborozada me ve mi nueva amiga que, traviesa, decide contarme un secreto. Nerviosa, me lleva a rastras por el cielo hasta la plantación de ananás Augusto Arrudas. No sabía qué podría tener de especial un invernadero hasta que nos colamos en uno. Una de las ventajas de ser pequeñitas es que cogemos por cualquier agujero. Nunca había visto un invernadero así: de madera y cristal, dividido en dos por un camino de piedra. A ambos lados de este, sendos lechos de tierra en los que dan ganas de anidar. No me sorprende que las frutas crezcan tan vigorosas.

Ponta Delgada - Azores

—No se lo cuentes a nadie, pero llevamos cien años, tantos como tiene el lugar, saboreando estas ananás —había en la mirada camachuela cierto sabor dulzón. Me empuja a probar una. ¡Qué deliciosas están! Pero he de reconocer que las tomo con cierta culpabilidad—. No te pongas así, avecilla, tres al año. ¿Qué son tres? No necesitamos más. Además, las visitas son gratis.

Ananas, Ponta Delgada, Azores

Me guiña de nuevo el ojo, reímos sin querer renunciar a nuestro papel de piratas. De vez en cuando, miramos a un lado y a otro, pero estamos solas ante una inmensidad de ananás.
—No me quiero imaginar cuál será tu cara cuando pruebes el cha.

Plantación de té de Gorreana, Azores

Y, ni corta ni perezosa, me agarra de nuevo y me lleva a un mar desconocido: el mar verde de la plantación de Gorreana. La única plantación de té, de cha, en Europa. Tengo suerte de que no haya ningún obstáculo contra el que chocar, porque me quedo abrumada. Las plantas, movidas por el aire, ondean imitando el vaivén de las olas atlánticas. Me dan ganas de zambullirme en ese verde inmenso. Intenso. Sus flores blancas brillan como estrellas e impregnan el mundo con un aroma inconfundible. Sin rastro de pesticidas y otros productos, solo queda espacio para la expansión de ese olor. Extasiada, la camachuela me lleva hacia la fábrica.

Fumarolas da Lagoa das Furnas

—Tienes que tomar cha. Sin leche, sin azúcar. El cha, tal y como es.
Cierto que nos conformamos con esas gotas que quedaron al final de las tazas, pero la camachuela tenía razón, no podría irme de aquí sin saborearlo. Creo que es uno de los pocos instantes en los que envidio a los seres humanos y sus tazas humeantes.

Fumarolas da Lagoa das Furnas

Siguiendo el vapor del té, nos dirigimos a las furnas a pasar la noche. Siento el calor manar de la tierra a la punta de las plumas. Pero mi cuerpo se abre, como si el vapor encontrara vías para hacerme respirar mejor el perfume de esta tierra de San Miguel. Un aroma familiar, como el del guiso que se cuece en las caldeiras, salvaje como el del bosque envuelve a la isla.

Parque Natural da Ribeira dos Caldeirões - Azores

Y entonces me doy cuenta de que mi tiempo en la isla se termina. A regañadientes y con la promesa de volver, me despido de la camachuela. Dejo atrás esta isla azul y verde. Sí, definitivamente haré una excepción: me detendré de nuevo aquí cuando regrese al continente africano. Unos días no son suficientes para descubrir cada uno de los secretos de San Miguel.