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La música que cantan las calles de Praga

Marcos González Penín
Fotografía: Pío García

Puente de Carlos

Puente de Carlos - Praga

Todas las ciudades tienen su propia melodía, pero en pocas resulta tan sencillo escucharla como en Praga. Aquí las piedras resuenan con una vibrante e inacabada sinfonía en la que la historia de sus edificios se entrelaza con el bullicio de sus gentes creando una armonía irrepetible. Praga es barroco y romanticismo, es Händel y Dvořák. Pero Praga también es un anciano tocando el saxo en la Plaza de la Ciudad Vieja, unos músicos frente a un reloj astronómico del s.XV. En la capital de la República Checa no hace falta guía… basta con seguir el ritmo que nos marca.

Praga
Praga

Bajo del tren en la estación de Hlavní nádrazi como una nota discordante que rompe un melódico acorde, un turista con sus sentidos centrados en detectar sonidos familiares que me transporten al glorioso pasado de la antigua capital de Bohemia. No hago caso del hall de estilo art noveau de la estación, ignoro a los checos que se mueven por la ciudad. Yo he venido buscando historia y Praga no tardará en darme lo que busco.

Estación de Hlavní nádrazi

Estación de Hlavní nádrazi - Praga

Camino siguiendo ecos clásicos que me conducen hasta la Torre de la Pólvora, una ennegrecida estructura gótica que marca la entrada de la ciudad vieja y representa una de las imágenes más famosas de Praga. Desde allí centenarios edificios me arropan con sus serenos intervalos, modulan sin sobresaltos hasta la gran plaza que desde hace siglos marca el ir y venir de la ciudad. A un lado, la Iglesia de san Nicolás, joya barroca con una imponente cúpula de veinte metros de diámetro. Al otro, la iglesia de Týn con sus emblemáticas torres puntiagudas.

Torre de la Pólvora - Iglesia de san Nicolás

Torre de la Pólvora - Praga
Iglesia de san Nicolás - Praga

Es la postal que vine buscando, respiro tranquilo y por primera vez me permito bajar la vista desde las alturas hasta el suelo… donde la sinfonía de la ciudad explota ante mis ojos. La plaza rebosa de vida, de gente paseando o charlando en pequeños círculos, de músicos que animan el ambiente dejando entre ellos la separación justa para no convertir la cacofonía de la plaza en algo insoportable.

Plaza de la ciudad vieja

Plaza de la ciudad vieja - Praga

En uno de los laterales, los turistas se apiñan en torno a una hilera de pasteleros que desafía el calor vendiendo dulces tradicionales checos… que según me cuenta un chaval con el que hablo ni son tradicionales ni siquiera checos… Y en una de las esquinas de la plaza, un crescendo de expectación, cientos de miradas concentradas en el reloj astronómico medieval más famoso del mundo, por el que cada hora en punto siguen desfilando ante decenas de cámaras de fotos los apóstoles de Cristo.

Reloj astronómico

Reloj astronómico de Praga

No tardo en olvidar el itinerario que tenía previsto, me integro en una canción que desborda la plaza y me guía a través de nuevas y viejas tonalidades hacia clásicos teatros y animados mercadillos, desde una biblioteca barroca con fascinantes globos terráqueos hasta una casa deconstructivista que baila al son de los ritmos más modernos de Praga. Atractivas disonancias dan paso a sonidos con un punto sombrío, una hermosa sinagoga que esconde el famoso cementerio repleto de lápidas apelotonadas que durante siglos fue el único lugar de reposo permitido para los difuntos judíos de la ciudad.

Cementerio judio

Cementerio judio de Praga

Sinagoga Española

Sinagoga Española - Praga

Praga se me va desvelando como una sonata compuesta a base de contrastes y contrapuntos, que se resiste a quedarse inerte en las piedras y sigue ejecutándose en los instrumentos de los artistas callejeros que la pueblan. Antes de llegar a la ciudad ya sabía de las estatuas que presiden el famoso puente de Carlos. También conocía la leyenda según la que san Juan Nepomucemo fue arrojado desde el puente tras negarse a desvelarle al rey Wenceslao IV los secretos de confesión de su esposa. Pero nadie me contara lo difícil que resulta cruzarlo.

Puente de Carlos

Puente de Carlos - Praga

Lo intento con fuerzas, pero cada dos pasos me veo obligado a aminorar el paso ante un cuarteto de cuerda, unos chavales bailando hip-hop, una mujer plasmando la ciudad sobre un óleo… Finalmente me detengo por completo ante un anciano agarrado a un saxo que toca swing como si le fuera la vida en ello. Un par de parejas se han lanzado a bailar mientras él sigue acelerando el ritmo. Termina con el swing y se arranca con algo de jazz, después se atreve con un Ave María… Otro hombre más joven se acerca y me cuenta que es su padre, que lleve toda la vida acompañando con su saxo las música de las calles de Praga.

Puente de Carlos - Praga

Y yo acabo desistiendo de alcanzar la otra orilla del Moldava, me quedo hasta que Vladimír Pinta da por terminado su recital y me encamino hacia mi hostal mientras tarareo un Hallelujah, convirtiéndome en presa fácil para un paisano que me atrae con aspavientos. Me dice que la música callejera está muy bien, pero que no me puedo ir de Praga sin escuchar un concierto de uno de sus órganos. Ahora que lo dice, recuerdo los carteles que cubren la ciudad promocionando recitales en iglesias, salas privadas… hasta la antigua corte real que en su día vivió la proclamación de la independencia de Checoslovaquia se ha convertido ahora en un templo de la música.

Iglesia de San Francisco de Asís

Iglesia de San Francisco de Asís - Praga

El promotor lo tiene fácil conmigo, acabo en la iglesia de san Francisco de Asís con los clásicos sonidos que intuía en los edificios a mi llegada resonando ahora en mis oídos. Suena Vivaldi con su Laudamus te, Händel con su Ombra mai fu, el Domine Deus de Rossini y el Ave María de Schubert…

Puente de Carlos - Praga

Música de órgano que marca el compás final de mi primer día en Praga. No he visto su famoso castillo, me he perdido iglesias y monasterios, ni siquiera he conseguido cruzar el puente de Carlos. Pero estoy satisfecho, creo que al menos he conectado un poco con el presente y el pasado de la ciudad a través de la melodía que la mantiene viva. He descubierto que Praga no se entiende sin la música. Y aunque suene presuntuoso, es probable que la música tampoco se entendiese sin Praga.