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Razones para volver al monasterio de Oseira

Marcos González Penín
Fotografía: Pío García

Monasterio de Oseira

He visitado tres veces el monasterio de Santa María la Real de Oseira, en Ourense. Tres visitas a lo largo de cerca de treinta años, tres formas completamente diferentes de descubrir una de las joyas de nuestro patrimonio. Y eso que las piedras siguen siendo las mismas, llevan contando la misma historia de recogimiento y vida monacal desde hace ocho siglos. Supongo que soy yo el que ha cambiado.

En mi primera visita llegué colgado del brazo de un padre devoto, que fracasó a la hora de transmitirme su fe pero que consiguió despertarme el amor por Galicia y su historia. De aquel día guardo un vago recuerdo, casi una sensación, de inmensidad, de grandes espacios. De muros que se alzaban hacia las alturas deslumbrando unos ojos que todavía tenían poco recorrido.

Monasterio de Oseira

Ahora sé que aquella iglesia donde me sentí pequeño es uno de los mejores ejemplos de arquitectura cisterciense en Galicia: la estructura superviviente de un complejo que se remonta al siglo XII, un imponente templo de estilo románico con añadidos tan interesantes como una ornamentada bóveda plana de dimensiones difíciles de encontrar o una fachada barroca completamente almohadillada.

Con el paso de los años también he aprendido algo sobre los tres majestuosos claustros que me recibieron siendo niño: el de caballeros, donde se ubicaban las caballerizas y desmontaban todos los que llegaban al monasterio a lomos de caballo. El de medallones, que recibe su nombre de las llamativas piezas decorativas circulares que rodean el recinto y que retratan a personajes de la orden monástica y de la vida civil, héroes y bufones cuyo nombre, en la mayoría de los casos, no ha sobrevivido al paso de los siglos. Y, por último, el de pináculos, donde los elementos decorativos puntiagudos que le dan nombre son la única concesión ornamental en un conjunto de estilo sobrio y elegante.

Monasterio de Oseira

Ahora también sé que estos tres claustros tan diferentes fueron llegando con el paso de los siglos para recibir a los miles de monjes que caminaron por ellos. Una corriente de vidas consagradas al ora et labora que sobrevive hasta la actualidad y que, durante todo este tiempo, tan solo se interrumpió en una ocasión, cuando el monasterio fue abandonado durante un siglo tras la desamortización de Mendizábal, allá por el siglo XIX, para convertirse en la cantera de la que los vecinos sacaban piedras para sus casas.

No sabía nada de esto, y de poco me hubiera servido saberlo, cuando aquellos muros me impresionaron siendo niño. Y aún así disfruté de la visita. Tampoco cuando volví quince años más tarde sabía mucho de románico, de bóvedas o desamortizaciones. Pero una vez más Oseira encontró el modo de sorprenderme, esta vez gracias al entusiasmo de uno de los monjes que lo habitaban, uno de los escasos herederos de una forma de vida que ha cambiado bastante poco desde hace ocho siglos.

Monasterio de Oseira

Aquel habitante de Oseira me impresionó con sus conocimientos, pero sobre todo con su devoción por las piedras que eran su hogar y su vida. De su mano recorrí una vez más corredores y galerías. Siguiendo sus pasos subí por una enorme escalera de honor decorada con puntas de diamante que no se quedaría pequeña aunque bajasen decenas de religiosos de golpe. Después bajé por otra más pequeña, antigua caldera del edificio, donde según me contó se apretaban los monjes para entrar en calor antes de volver al trabajo en el vecino scriptorium. A continuación me descubrió un curioso museo de escultura en donde lo que más me llamó la atención no fueron las columnas ni los relieves, sino los pesados fragmentos de tuberías de piedra maciza por las que en su momento llegaba el agua al monasterio

Monasterio de Oseira

Pero fue al llegar a la bellísima sala capitular de estilo gótico manuelino cuando aquel monje consiguió grabarse a fuego en mi memoria. Allí se paró durante un buen rato para señalarme uno por uno los secretos de una exhuberante decoración en la que todo parecía tener cabida: un medallón con una estrella de David, varias aves fénix, columnas retorcidas en un extraño juego de perspectivas, una cabeza con tres rostros que representaba la concepción tríptica del alma de Platón…

Todo eso me lo dio a conocer aquel hombre menudo, que enlazaba sin miedo reseñas históricas sobre la disposición de los monjes durante sus reuniones con apasionados discursos sobre las corrientes de energía que fluían a través de la piedra, sobre constelaciones y filosofía…

Monasterio de Oseira

Por aquel monje pregunto diez años después, en mi tercera visita a Oseira. En cuanto lo hago, veo aparecer medias sonrisas, saben perfectamente de quién les hablo. Me comentan que sigue por ahí, desbordando pasión y algo de imaginación en sus visitas guiadas. Pero también me conectan sus historias con las de los miles de visitantes que llegan cada año.

Porque, al parecer, no solo los aficionados al arte y la historia se ven atraídos por el monasterio. Me cuentan que en las visitas aparecen de vez en cuando «buscadores de lo oculto», como los del equipo del programa Cuarto Milenio, que aseguraron percibir extrañas energías en la sala capitular y solicitaron permiso, sin conseguirlo, para sacarla en su programa.

Monasterio de Oseira

Desde el bando de las luces también acuden estudiantes, opositores, escritores… Llegan buscando el aislamiento que ofrecen los muros de Oseira, apartarse del mundanal ruido para centrarse en sus proyectos. Y no es raro que permanezcan allí durante días, semanas o meses, sin otra distracción durante el invierno que la lluvia cayendo sobre la piedra centenaria.

Son algunas de las razones para descubrir o redescubrir el monasterio de Oseira. Cada cual tendrá las suyas. En mis tres visitas yo encontré inmensidad, leyenda e historia. No sé qué me esperará en la cuarta, pero de lo que sí estoy seguro es de que habrá una cuarta. ¡Quién sabe! Quizás me pase como al escritor británico Graham Green, huésped ilustre del monasterio que incluso se inspiró en uno de sus religiosos para sus novelas. Quizás cuando camine de nuevo por sus claustros vaya buscando «Que callen las campanas. Que suene el silencio».

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