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Una pausa en el camino: el monasterio de Samos

Ana Luna
Fotografía: Pío García

Monasterio de Samos

Los gallegos también hacemos las etapas del camino que pasan por aquí. ¿Que por qué? Porque nunca acabas de conocer todos los recovecos de nuestra comunidad. Y porque, de vez en cuando, hay que levantarse del asiento del coche, de la silla y del sofá.
Los gallegos también nos replanteamos, cubiertos de sudor y con los pies doloridos, si hemos tomado la decisión correcta. Este es mi quinto día y no puedo más. La etapa de Triacastela a Sarria es corta, sí. Pero nada es suficientemente corto ahora mismo. Necesito algo que me haga recordar por qué decidí echarme a andar desde Ponferrada en lugar de quedarme con un buen libro en casa.
Un rato después de cruzar el pueblo de San Martiño, en una curva, me paro en seco. Allá abajo, un palacio se extiende a mis pies con su geometría perfecta, casi de cuadro cubista. Sin embargo, los carteles me han dicho que no se trata de la residencia de ningún príncipe. Es el monasterio de Samos.
Mis pies se ponen a andar solos. No puedo esperar para llegar. A medio camino me doy cuenta de que se me ha olvidado sacar esa foto del monasterio desde las alturas. Respiro. No es necesaria: nadie me va a borrar ese momento de la memoria.

Monasterio de Samos

Llego abajo. El monasterio descansa, dormido, con el río Sarria meciendo uno de sus muros. Lo rodeo hasta dar con la iglesia. La fachada me observa, severa y calmada, como queriendo demostrar que el Barroco no siempre es excesivo. La habitan permanentemente san Benito, san Julián y santa Basilisa. El conjunto lo remata una escalera que me recuerda mucho a la que veré cuando llegue Santiago, en la fachada principal de la catedral.
Me uno, por los pelos, a la visita guiada. De ella se encarga uno de los monjes benedictinos, de aspecto tranquilo y amable, como todo en este lugar. Comenzamos el recorrido con una cita del padre Feijoo, monje de este monasterio hace tres siglos y célebre erudito, que buscó durante toda su vida elevar el nivel cultural de nuestro país. La voz profunda de nuestro guía resuena entre los muros:

«Tan recogido, tan estrecho, tan sepultado está ese monasterio entre cuatro elevados montes, que por todas partes no solo le cierran, mas le oprimen, que solo es visto de las estrellas, cuando las logra verticales… La disposición del paraje retrata la religión de sus habitadores. La retrata, y aun la influye: porque cerrado por todas partes el horizonte, faltan objetos donde se disipe el espíritu. Solo hacia el cielo tiene la vista desahogo; y así se lleva todas las atenciones el cielo».

Monasterio de Samos - Lugo

Nos quedamos callados unos instantes. Solo hablan los pájaros y el azul celeste sobre nuestras cabezas.
El guía rompe el silencio para contarnos que fueron los suevos los que llamaron al monasterio Sámanos, «lugar de monjes». Está aquí, que se sepa, desde el siglo VI. Hago un cálculo rápido: más de 1500 años de historia nos rodean en este momento.
El monje calma mi alocada imaginación. En 1588 hubo un incendio y de la Edad Media solo quedan unos pocos restos, entre ellos la puerta románica de la antigua iglesia. Pero me confirma que, salvo durante la invasión musulmana, la Guerra de la Independencia o los años posteriores a la desamortización de Mendizábal, Samos lleva habitado todo este tiempo. Mientras caminamos sigo pensando en las miles de personas que han paseado por aquí antes que yo.
Al entrar en la iglesia nos baña la luz que entra por las ventanas y, por un momento, me siento como en una de las cientos de iglesias que visité en Roma. Es obra de uno de los monjes que habitaban en el monasterio allá por el siglo XVIII. Es barroca, aunque, igual que su fachada, sobria y majestuosa. Disfruto de los hermosos retablos, del coro y, por supuesto, del órgano. Nos dice el guía que, con sus casi cuatro mil tubos, es uno de los mayores de Galicia. Ojalá pudiéramos escucharlo hoy… Habrá que volver.

Monasterio de Samos - Lugo
Monasterio de Samos - Lugo

Da igual cuántos monasterios visite, mi obsesión con los claustros es insaciable. Aquí tengo dos para disfrutar. Uno, pequeño y con encanto, como un hermano menor algo tímido. Otro, espectacular, que resulta ser uno de los más grandes de España.
Entramos el de mayor tamaño, cuya construcción terminó a mediados del siglo XVIII. El claustro, a pesar de coquetear tanto con el Renacimiento como con el Barroco, es todo solemnidad. Quizás porque sabe que, estilos aparte, es impresionante. Desde el centro nos observa la estatua del padre Feijoo, obra de 1947 del escultor gallego Francisco Asorey. Está de pie, apoyado en un sillón, y sostiene una antorcha. Ni él ni nuestro guía parecen saber lo que es la prisa. Podría quedarme aquí horas, con ellos, simplemente mirando la piedra y el cielo.

Monasterio de Samos - Lugo

El claustro pequeño, de estilo gótico, se construyó en el siglo XVI sobre las ruinas del claustro románico original, que desapareció con el incendio. Nos recibe con sus cánticos una fuente del XVIII sostenida por el esfuerzo de cuatro nereidas, las ninfas del mar en los mitos griegos.
En el centro de cada bóveda del claustro hay una clave decorada de una manera diferente: el escudo del monasterio, san Benito, su hermana santa Escolástica y los patronos de la abadía, los santos Julián y Basilisa, a los que ya vi en la fachada de la iglesia. Pero hay una clave que destaca entre las demás, y que nos deja un buen sabor de boca al final de la visita. Contiene una inscripción jeroglífica que dice «¿Qué miras, bobo?». Parece que me ha pillado.
Cuando el resto de visitantes se marchan, me quedo hablando con el monje un rato. Me cuenta que allí, cómo no, la vida es tranquila, y se organiza en torno al rezo y al trabajo. Los monjes limpian y mantienen el monasterio, cultivan la huerta, cuidan de la biblioteca, encuadernan y traducen libros, atienden a los peregrinos…
¿Atienden a los peregrinos?

Monasterio de Samos

Claro, ¿es que no sé que allí hay un albergue?
Cambio de planes. No dormiré en Sarria. Estoy segura de que entre estos muros recuperaré las fuerza para los cien kilómetros que me quedan hasta Santiago.
Gracias, Samos, por recordarme que son experiencias como estas las que hacen que las ampollas valgan la pena.


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