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Monte Aloia, el poder de la transformación

Ariel Martínez
Fotografía: Pío García

Monte Aloia - Tui

—Abuelo, no has cerrado el coche.
—Estamos en Galicia. Esto es el monte Aloia, Sebas, no tu peligrosa ciudad.
—La ciudad no es peligrosa —observó Sebastián mientras seguía a su abuelo a desgana por el camino terroso. Hacía una brisa agradable, que casi consiguió que se alegrara de haber accedido a acompañar a su abuelo al monte. El centro de Tui era un horno y no parecía que las temperaturas fueran a bajar. ¿No decían que en Galicia solo llovía? Pues hasta ahora, en todo el tiempo que llevaba de vacaciones en la tierra de sus padres, no había visto llover mucho.

Monte Aloia - Tui

—¿Has visto qué verde tan intenso tienen los árboles? —Su abuelo iba unos cuantos pasos por delante, mirando aquí y allá como si fuera la primera vez que paseaba por ese parque natural.
Sebastián respondió con un gruñido y sacó su móvil del bolsillo. No tenía mensajes. Sus amigos estarían pasándoselo genial en la piscina de la ciudad. Allí no había playas, claro. En el Baixo Miño sí las había, y muy buenas, lo que le hacía preguntarse por qué perdía el tiempo entre árboles.

Ermita de San Julián - Tui

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Entraron en un recinto de piedras cubiertas de musgo.
—Mira, esta es la ermita de san Julián. Es un santuario de origen románico. Aquí se celebra una bonita romería en enero.
Sebastián vio que su abuelo rozaba los sillares de la construcción con suavidad, casi como si quisiera mimarla.
—¿Sabías que estamos a más de 600 metros de altura?
—¿Eso es mucho? —preguntó, sin tener muy claro si debía estar impresionado. Iba a sacar de nuevo su móvil, pero la risa de su abuelo lo sorprendió.
—Depende de con qué lo compares. Pero es suficiente para tener una vista maravillosa. Ya lo verás, dentro de un rato. Ven por aquí.

Monte Aloia - Tui

Lo llevó hasta un lugar que parecía estar abandonado desde hacía años. Ante ellos se extendieron unos peldaños de piedra en vertiginosa caída. A los lados había mesas y bancos, arropados con capas de musgo y hojarasca. Los árboles se cerraban sobre el lugar como benévolos guardianes, impidiendo casi por completo la intrusión del sol.
El abuelo de Sebastián respiró hondo, expulsó el aire con fuerza y volvió a respirar, como si quisiera limpiar los pulmones. Sebastián lo imitó disimuladamente. Al principio no notó nada especial, pero a la tercera vez percibió el delicado aroma de los árboles y sintió una extraña calma relajarle el cuerpo. Se sobresaltó cuando le tocó el brazo.
—¿Escuchas?
—¿El qué?
—¡Exacto! —exclamó su abuelo—. Esto es el silencio. Pero escucha bien, el silencio solo es perfecto cuando lo compone el cantar de los pájaros y la brisa acariciando las hojas de los árboles.

Monte Aloia - Tui

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Sebastián puso los ojos en blanco. Menos mal que su amigo Denis no había podido acompañarlo a Galicia. ¿Qué habría pensado de las cursiladas que se le ocurrían a su abuelo?
—¿Sabes cuántos domingos hemos pasado aquí toda la familia junta? La familia al completo. Había que venir temprano porque si no, no pillabas mesa. Asábamos, que entonces no estaba prohibido, traíamos tortillas, empanadas, bocadillos, vino, de todo. Solíamos ponernos en la mesa de ahí abajo. ¿La ves? Menudas reuniones familiares… Nosotros jugábamos a las cartas o arreglábamos el mundo con interminables y a veces también acaloradas tertulias. Los niños disfrutaban como tolos en la naturaleza. Por la noche tu padre dormía como un angelito, con las mejillas rosadas. ¿Sabes lo que es eso, Sebas?

Monte Aloia - Tui

A Sebastián le costó arrancar la mirada de esa mesa desde donde podía escuchar las risas interminables. Risas que ya formaban parte imborrable de ese lugar.
—¿Te refieres a jugar en un parque? Ya soy mayor…
—Ven.
Deshicieron el camino para coger la ruta del vía crucis. Sebas esperó impaciente cuando el hombre se empeñó en parar en la pequeña área recreativa para disfrutar de los columpios. O cuando corrió hasta un árbol para abrazarse a él como si de un viejo amigo se tratara.

Cama de san Julián - Monte Aloia - Tui

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—Mira, esa es la cama de san Julián. Dicen que a su alrededor no crece la hierba.
Sebastián inspeccionó la enorme piedra con escepticismo.
—Pues yo veo hierba.
Dicen, hijo, dicen.— Su abuelo tiró de él—. Hay otras leyendas como que las yeguas salvajes que viven aquí son fecundadas por el viento o que este podía ser el mítico monte Medulio, donde los últimos guerreros valientes fueron asediados por las legiones romanas. ¿Sabes que prefirieron suicidarse a ser esclavos?
Sebastián lo miró, algo más interesado.
—¿Y todo eso ocurrió aquí?

Castro Alto dos Cubos - Monte Aloia - Tui
Monte Aloia - Tui

—Puede. Luego podemos ir al castro Alto dos Cubos para que veas las excavaciones de un poblado castrense. Lo que está claro es que este lugar sirvió de refugio ante invasores como los vikingos.
Sebastián sonrió animado. Siguieron el camino entre agradables sombras, vigilados por numerosos anfibios que se asomaban curiosos detrás de las piedras. Al final del paseo se encontraron con la gran cruz. Un monumento que podía ser visto desde varios puntos del municipio de Tui.
—¿Estás preparado para la vista más bella del mundo?
Sebastián suspiró. Y entonces descubrió que su abuelo no estaba exagerando.
—Todo esto que se extiende ahí abajo es el valle del Miño. ¿Lo ves serpentear hasta allí, a la derecha? Ahí es donde desemboca en el océano, en A Guarda. Al otro lado, ¿ves?, eso es Portugal. Hay otros miradores, más rutas donde podremos ver cascadas, riachuelos, molinos… ¿Te apetece acompañarme?
Sebastián no podía dejar de sonreír.
—Sí, abuelo.
Notó la mano sobre su hombro y sintió una complicidad que jamás volvería a olvidar.

Monte Aloia - Tui

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«Mi abuelo», pensó mientras apoyaba las manos sobre los hombros de su hijo. Desde ahí arriba, el río Miño parecía una culebra plateada que se abría paso para alcanzar su último destino, fundirse en eterna libertad con el mar.