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Museo do Pobo Galego: las raíces de Galicia

Visita a los cimientos del hogar de Breogán

 

Tamara Novoa Alonso
Fotografía: Pío García

Al grito de «Arriba, que xa pasaron as leiteiras» comenzaba el trasiego en los hogares gallegos. As leiteiras, además de repartir la leche recién ordeñada, actuaban a modo de despertador y de noticiero matutino, pues siempre traían algún conto o novedad local. Hoy en día son una figura prácticamente desaparecida, como también lo son los paragüeiros, cesteiros, ferranchíns, telleiros o afiladores.

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Cada vez queda menos de aquella Galicia. Una Galicia que, aunque para jóvenes urbanitas puede parecer de la prehistoria, los mayores todavía recuerdan con nitidez. Una de las misiones del Museo do Pobo Galego es impedir que estas tradiciones que forman parte de la cultura e historia del país caigan en el olvido. «No se trata de lamentarse de todo lo que perdimos, sino de que la sociedad gallega conozca de donde viene para afrontar su presente y decidir como quiere que sea su futuro», así nos lo explica Manuel Vilar, secretario del museo. E insiste explicando que el tractor no deja de ser una evolución del carro.

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El museo consta de salas dedicadas al mar, los oficios, el campo, el traje, la música, el hábitat y la arquitectura, la sociedad o la prensa y la imprenta. También dispone de espacios reservados para exposiciones temporales. En sus salas podemos pasearnos entre elementos cada vez más difíciles de encontrar: traineras, herramientas que se empleaban en oficios hoy desaparecidos, trajes tradicionales o instrumentos. En un lugar han reproducido el taller de un gaiteiro, y en otro el aula de una escuela de mediados de siglo, en la que los pequeños pizarrines pueden considerarse los predecesores de las actuales tabletas. Llaman la atención elementos como un plato remendado con alambre o una olla reparada con chinchetas.

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Ya en la década de 1920 algunos intelectuales gallegos hablaban de la necesidad de un museo que recogiese la Galicia de aquellas personas que no salen en enciclopedias, pero que forman parte de lo cotidiano y dieron forma a las costumbres del país. Sin embargo, no fue hasta el 29 de octubre de 1977 que el Museo do Pobo Galego abriría sus puertas en las dependencias del antiguo convento de Bonaval. Dirigido por un patronato del que en sus orígenes formaban parte persoeiros como Isaac Díaz Pardo o Antonio Fraguas y sustentado, en su mayor parte, por los socios colaboradores, que hoy en día son unos dos mil.

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Sin duda, uno de los encantos de este museo reside en el lugar en el que se encuentra. El monasterio de Bonaval fue fundado por Domingos de Guzmán tras su peregrinación a Compostela en 1219. El edificio actual data del siglo XIV en sus partes más antiguas, con reformas y ampliaciones realizadas en el siglo XVII por Domingo de Andrade, que dejó su impronta barroca en el convento. Tras la desamortización pasó a manos del ayuntamiento y fue utilizado como hospicio y colegio para niños ciegos y sordomudos hasta que se convirtió en museo.

El elemento que atrae más visitantes es la escalera helicoidal, una obra de arte diseñada también por Domingo de Andrade. La particularidad de esta escalera es que está compuesta por tres espirales independientes. En el interior de la iglesia del convento podemos visitar el Panteón de Gallegos Ilustres. En el se encuentran enterrados personajes tan destacados de la cultura gallega como Rosalía de Castro, Alfredo Brañas, Castelao, Francisco Asorey o Ramón Cabanillas.

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Rodeando el museo encontramos el Parque de Bonaval, en los terrenos que antaño los monjes utilizaban como huerta y cementerio. Un relajante paseo por estos jardines, observando como el sol se esconde tras la catedral, es sin duda un buen punto y final a nuestro recorrido por el Museo do Pobo Galego.


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