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Os Maios llenan de color y retranca Galicia

“Levántate Maio, bastante dormiche”

 

Tamara Novoa Alonso
Fotografía: Pío García

Aquí ven o maio
de frores cuberto…
puxéronse á porta
cantándome os nenos;
i os puchos furados
pra min estendendo,
pedíronme crocas
dos meus castiñeiros.

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Hierba verde brota sobre la tierra yerma, baldía por el clima gélido. Los pájaros salen de sus nidos para anunciarnos con su cantar que el amanecer de la nueva estación ha llegado. El sol ilumina con sus rayos primogénitos la naturaleza aletargada por el largo invierno. Y nos ilumina a nosotros, que todavía caminamos medio adormilados, amodorrados y casi entumecidos. La alegría llama a nuestras puertas, la estación de la fertilidad, esa que nuestra sangre altera, está aquí. Salimos a la calle con la sonrisa dibujada en la cara para recibir el sol, nos reunimos y celebramos la llegada de la primavera.

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Inaugurando el quinto mes del calendario, los maios desfilan en la plaza del pueblo. Los cánticos copleros ya resuenan en las voces de los más pequeños. La primavera está aquí y los gallegos le rendimos culto levantando construcciones vegetales tirando del máximo ingenio.
Aunque está considerada una de las tradiciones con más solera de Galicia, su origen es todavía discutido. Algunos autores sitúan la aparición de los maios en el paleolítico, sin embargo la mayoría coincide al señalar que esta celebración cogió forma con la llegada de la agricultura y la voluntad de que las cosechas fueran abundantes.

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Existen dos tipos de maios, el humano y el figurativo. El primero está casi desaparecido hoy en día y ya solo lo encontramos en pequeñas poblaciones del norte, como Ribadeo o Portomarín. Se trata de niños o niñas cubiertos de un manto de hojas y flores. El figurativo, por su parte, es una estructura hecha de madera que se cubre con fiuncho, musgo y otras plantas. Dentro de esta categoría podemos distinguir dos subtipos: maios tradicionales y artísticos.
El maio tradicional solo admite materiales naturales. Antiguamente debían ser robados, era una tradición ceremonial. Además, deben tener forma cónica o piramidal (estos últimos son típicos de la provincia de Ourense). Para algunos etnógrafos como Xaquín Lorenzo, estas construcciones representan un montículo celta por su forma, pero para otros son herederos de los monumentos paganos que adoraban los antepasados.

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Más tarde se introdujeron en las celebraciones los maios artísticos, en los que los participantes tienen total libertad compositiva y hacen las delicias del público con recreaciones de imágenes cotidianas de la vida gallega y local. De especial interés por sus peculiaridades son también los maios de Marín, con forma de barco por el vínculo de esta villa con el mundo del mar.
Desde hace ya muchos años, varias localidades gallegas celebran un concurso en el que premian al mejor maio pero también a las mejores coplas, que son parte indispensable de la celebración. Se trata de pequeñas composiciones satíricas entonadas por los más pequeños, que acompañan con el ritmo de dos palos. Las coplas trataban tradicionalmente de escándalos locales o criticaban algún personaje de la localidad conocido por todos los vecinos. Sin embargo, los organizadores comentan que en los últimos años estas críticas se han ido externalizando, tratando temas que no son puramente gallegos.

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Otra manifestación propia de esta época ligada a los maios y que ha llegado hasta nuestros días es la de poner en las puertas de las casas o en los vehículos ramas de xesta con fines profilácticos.
Tradiciones como esta ponen de manifiesto el fuerte vínculo de la sociedad gallega con el mundo agrario y permiten a niños y mayores trabajar juntos empleando solo dos elementos naturaleza e imaginación.


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