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Ourika, verde espejismo de Marruecos

Marcos González Penín
Fotografía: Pío García

Valle de Ourika

Conduzco de vuelta desde el desierto de Merzouga. Es el tramo final de un largo viaje en el que Marruecos me ha sorprendido con sus paisajes, con sus gentes… Y sobre todo con sus colores. El ocre brillante de la arena del desierto, el marrón del adobe de las kasbahs, los tonos cobrizos de las cordilleras del Atlas… Un millar de tonalidades diferentes, pero siempre moviéndose a lo largo de la misma gama cromática. Piedra y arena. Pensaba que eso era todo, que ya había exprimido lo que Marruecos tenía que ofrecerme. Pero todavía me faltaba por descubrir uno de sus colores, el verde que me espera en el valle del Ourika.

Valle de Ourika

Un valle que se me está resistiendo. Son ya muchas las horas que llevo acumuladas conduciendo por carreteras con más curvas que rectas, esquivando camiones cargados hasta los topes y patrullas a la caza del turista que me han dejada un bonito souvenir en forma de multa. Si a eso le sumamos el cansancio acumulado de varias noches durmiendo más bien poco, he de confesar que me está tentando la idea de volver directo a Marrakech para coger mi vuelo de vuelta y saltarme ese último color de Marruecos.

Valle de Ourika

Pero hay cosas que escapan a mi control. Porque mi pareja ha dormido prácticamente del tirón las tres horas que llevo conduciendo y ahora se ha despertado fresca y animada, así que no va a dejar que me salte la parada que habíamos previsto. Dice que no nos podemos ir sin conocer ese valle oculto, donde el río Ourika se abre paso entre las rocas del Atlas para crear un auténtico vergel en la árida tierra marroquí. Me recuerda que hay cascadas que merecen la pena y que según ha leído por ahí el valle sigue siendo un destino apreciado por los propios marroquíes, por lo que puede ser una buena ocasión para seguir conociendo algo más de esta gente que durante el viaje nos ha sorprendido tan gratamente con su hospitalidad y cercanía.

Valle de Ourika

La verdad es que son buenos argumentos y yo no tengo la cabeza para contraargumentar, así que no le cuesta mucho convencerme. Nos lanzamos a la caza del valle y tras perdernos en un par de ocasiones, cosas de los tiempos anteriores al roaming, damos con un lugareño que se explica más o menos bien en inglés y nos indica el camino correcto hasta el valle del Ourika. Aunque bien pensado, hubiera bastado con seguir los destellos de verde que van creciendo progresivamente marcándonos el camino al oasis.

Valle de Ourika

Vale, técnicamente supongo que no es un oasis. Pero esa es la idea que me viene a la mente cuando llegamos a la orilla del río Ourika y nos encontramos con un paisaje tan radicalmente diferente a las tonalidades marrones que a estas alturas ya se han grabado a fuego en nuestras retinas. Bajamos del coche e inmediatamente escuchamos agradecidos el curso del agua, que nos llega tamizado con un centenar de voces diferentes. Porque la vegetación es tan sólo una de las explosiones de vida que nos espera en el valle del Ourika. La escasa distancia que lo separa de Marrakesh lo convierte en uno de los lugares preferidos de las familias locales para ir a pasar el día. Así que el pueblo de Setti-Fama, que hemos escogido como base para nuestra excursión, está repleto de gente charlando en pequeños grupos, tomando té en mesas de plástico junto al río, recorriendo con decisión un tumultuoso mercadillo…

Valle de Ourika

También hay turistas, por supuesto. Pero no nos da la sensación de estar en un parque temático para turistas. Vemos que este lugar esconde algo que ha conseguido poner de acuerdo tanto a los visitantes internacionales como a la gente de los alrededores. Y nosotros queremos descubrirlo, por eso no tardamos en dejar atrás el pueblo y lanzarnos río arriba. Que no contracorriente. Porque vamos siguiendo una verdadera corriente de gente, locales y turistas que avanzan hacia el interior del valle a través de un estrecho sendero que se complica por momentos. De vez en cuando incluso toca escalar alguna piedra o cruzar la corriente sobre un puente de troncos que no inspira demasiada confianza.

Valle de Ourika

Hay momentos en los que el río casi desaparece, convirtiéndose en un fino hilo de agua entre las rocas. Otras se hace más ancho, pasando a ser una lámina de unos metros de ancho que apenas cubre más allá de los tobillos. Pero poco a poco, según avanzamos la corriente se va haciendo más fuerte. Hasta que por fin llegamos a la primera de las cascadas, el punto donde desemboca la corriente de gente que veníamos siguiendo desde el pueblo. Es un salto de agua de una altura considerable, que cae sobre las rocas creando una poza natural junto a la que se congregan decenas de satisfechos excursionistas para sacarse las fotos de rigor o simplemente descansar del camino.

Valle de Ourika

Nosotros nos sumamos al segundo grupo y nos sentamos sobre las piedras. Mi pareja me transmite lo parecida que le ha parecido esta excursión a las que hacemos en casa, habla de cómo al final no somos tan diferentes y cómo en todas partes nos atraen un río y una cascada para pasar la tarde. Algo de razón tiene, me doy cuenta de que por primera vez desde que he llegado a Marruecos he olvidado por completo donde me encuentro, el verde y el río han devuelto mi cabeza a Galicia.

Valle de Ourika

Pero en el fondo sé que es un espejismo. Basta alzar la mirada para romper la barrera del oasis y recordar que sigo en un país de piedra y fuego. Porque entre las ramas de los árboles se siguen divisando las piedras del Atlas, imponentes formaciones rocosas donde la vegetación brilla por su ausencia y las tonalidades marrones reclaman su papel como dueñas indiscutibles del paisaje marroquí. Aunque algo ha cambiado tras mi parada en el valle del Ourika. Parece que el agua ha lavado mi cansancio acumulado y me permite ver las piedras con nuevos ojos. Igual aún cae alguna excursión más antes de volver a casa.

Valle de Ourika