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Piratas y sirenas en la Península do Morrazo: un turismo diferente

Andrea Montealba
Dirección y fotografía: Pío García

En la Península do Morrazo, el mar ha sido durante siglos puerta de entrada de gentes de toda procedencia, cuya huella ha quedado impresa en historias y leyendas. Piratas y jóvenes que emergen del agua cual sirenas son algunos de sus protagonistas. Tras sus pasos podemos hacer un turismo diferente, recorriendo algunos de los lugares en los que todavía se conserva su recuerdo.

Facho de Donón

Desde el Monte do Facho, en Donón, las islas Cíes son las reinas del horizonte. Se cree que aquí se encendía un fuego para orientar a los navegantes que cruzaban el Atántico, pues «facho» significa en gallego precisamente eso. Desde esta cumbre se tiene una visión privilegiada, que abarca la costa de Cabo Home. Es un buen puesto de vigilancia para ver llegar a los piratas. Tal vez por eso se levantó la garita que podemos ver hoy en día. Esta data del siglo XVIII, aunque en la misma ubicación posiblemente existió un faro romano. Incluso antes, los celtas establecieron aquí un gran castro y un santuario, del que conservan numerosas aras en el Museo Arqueológico de Vigo.

Islas Cies

En las Cíes reparaba sus barcos el famoso pirata Drake, que asaltó los pueblos de la Ría de Vigo en varias ocasiones. Pero no siempre con el éxito que esperaba. Bajo las tranquilas aguas de Nerga duermen los restos de dos pecios de su flota, que en 1589 un temporal hizo encallar. El temor a los piratas, que acababan de atacar A Coruña y Vigo, movió a los vecinos de Cangas a prender fuego a las naves.

Playa de Barra

La corriente arrastró los restos hasta este paraje idílico: aquí confluyen las playas Nerga, Viñó y Barra, resguardadas por un pinar que esconde un espacio dunar protegido. Desde el arenal de Barra, el único naturista de la zona, podemos tomar la ruta de senderismo que lleva al faro de Cabo Home. Es un recorrido de hermosa belleza salvaje que pasa por el faro de Punta Subrido, la playa de Melide y el característico faro rojo de Punta Robaleira.

Faro punta Robaleira

Drake también llegó a la isla de San Simón, situada frente al puerto de Cobres, en Vilaboa. Cantada por el poeta medieval Meendinho, estuvo ocupada por monjes a los que la piratería atosigó hasta que la abandonaron. Más tarde funcionó como lazareto, para terminar convertida en cárcel del franquismo. En la actualidad es Bien de Interés Cultural.

Isla de San Simón

En Vilaboa no podemos perdernos la Mámoa do Rei, un dólmen de impresionantes dimensiones situado cerca de Cotorredondo. Se recuperó en la década de 1950 gracias al arqueólogo Ramón Sobrino, quien también excavó la mámoa de A Chan de Arquiña, en Moaña. En la imaginación popular, estas construcciones ocultan tesoros guardados por seres encantados: las mouras. Aunque estas jóvenes, que esperan a que un humano las libere, por lo que realmente sienten predilección es por aparecerse en el margen de los ríos. Son nuestras sirenas. Así ocurre en la Poza da Moura, en Moaña, una piscina natural que el río Muíño crea en su caída por el monte Domaio. De ella emerge una moura que peina sus cabellos con un peine de oro y canta con un lamento. Si en nuestra visita no la encontramos allí, por lo menos aprovechemos las vistas. A más de seiscientos metros de altura, la ría despliega todos sus encantos.

A Chan de Arquiña

Aún debemos a los piratas, en este caso a los turcos que atacaron Cangas en 1617, el nacimiento de otro mito: el de María Soliño, una mujer gallega condenada por brujería. Su marido murió en la defensa de la villa y ella heredó los bienes de la familia, entre los que destacaban los derechos de representación en la Colegiata de Cangas, que le fueron arrebatados por el Santo Oficio. Murió pobre y sola, pero su historia la recuerda hoy una céntrica estatua.

Iglesia de Santiago de Cangas

A pesar de este triste papel, la iglesia de Santiago de Cangas, merece ser visitada por su admirable factura, del siglo XVI. La fachada, de Xácome Fernández, se considera una de las mejores muestras del Renacimiento en Galicia. En su interior guarda la talla que se salvó del incendio provocado por los piratas turcos, conocido como «el Cristo que no quiso arder». Porque a veces, las cosas se empecinan en resistir. Incluso al paso del tiempo.

Como aquí, en esta península de piratas y sirenas.