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Por la Ribeira Sacra, tras la huella del románico III

Amara Castro Cid
Fotografía: Pío García

Entusiasmada por estar de vuelta en la Ribeira Sacra, respiro hondo para dejar que el aire puro me cale hasta los huesos y emprendo mi ruta de hoy. Lo primero que siento es la sensación de que mis pasos se amortiguan al pisar la tierra, tan diferente del asfalto. Me acompaña el cielo despejado, ofreciéndome un espectacular contraste de su azul con los verdes de la vegetación que cubre las laderas envolventes.

Ribeira Sacra

Para continuar mis paseos tras la huella del románico, esta vez comienzo por la iglesia del antiguo monasterio de San Miguel de Eiré, declarada en 1964 monumento nacional. Ya de lejos me llama la atención su torre rectangular, del mismo tamaño que la nave transversal, algo que es único en Galicia. Me aproximo y accedo por una verja abierta que invita a pasar, pues este es un templo para ver muy de cerca. Vale la pena pararse a disfrutar de detalles tan singulares como los animales alados de rostro humano que representan a los evangelistas Lucas y Marcos o las múltiples cabezas del revés esculpidas aquí y allá entre motivos vegetales y florales. Destacan, además, las escenas apocalípticas talladas en piedra y las pinturas murales del interior, datadas en el siglo XVI. Me encuentro en uno de los conjuntos mejor conservados del románico gallego, por lo que me tomo con mucha calma la visita, saboreando cada pormenor.

San Miguel de Eiré
San Miguel de Eiré

Me dirijo ahora a Ferreira de Pantón, donde se encuentra el único monasterio femenino cisterciense de toda Galicia. En esta iglesia románica hago una parada para contemplar los capiteles exteriores, con escenas bíblicas como la de David entre los leones. No faltan los motivos inspirados en la naturaleza, como una original rama de un árbol llena de pájaros. Me detengo admirada por la variedad de los canecillos tanto en la cabecera como en los laterales. En el interior, la talla de la virgen sedente con el niño me recuerda la paz que transmite la sencillez del románico. Antes de continuar la ruta, me acerco al monasterio y no resisto la tentación de saborear unas pastas elaboradas artesanalmente por las monjas.

Santa María de Ferreira de Pantón

Mi siguiente destino, la iglesia de San Fiz de Cangas, destaca por la simplicidad de su fachada, que me recibe en un alarde de sencillez. Mientras me voy acercando, elevo la mirada hacia el campanario, que realiza un tímido intento de rozar el cielo. Ya en la puerta principal tomo conciencia de la antigüedad del monumento, pues esta entrada presenta unos rasgos muy primitivos, con sencillos dibujos geométricos. A lo largo de los siglos, el templo ha sufrido numerosas modificaciones, pero parece ser que su estructura original ya era muy particular para la época, pues la nave transversal se abría a tres ábsides de diferentes formas y proporciones entre el central y los laterales.

San Fiz de Cangas
San Fiz de Cangas

Unas cuantas vacas rubias me vigilan mientras me alejo. El muro de piedra que contorna el camino me hace un pasillo verde con su musgo. Dejo atrás un palomar cercano que parece esconder secretos de varias generaciones y continúo la ruta hacia la iglesia de San Vicente de Pombeiro.

San Vicente de Pombeiro

En medio de un paisaje escarpado, marcado por la presencia del río al fondo, allá abajo, camino rodeada de viñedos. Me detengo al avistar una curiosa torre cilíndrica rematada en campanario cuadrado que sobresale de entre las vides. Es mi última parada de hoy. La iglesia de San Vicente de Pombeiro ofrece unas proporciones excepcionales, puesto que es de planta basilical de tres naves y tres ábsides semicirculares. Parece ser que fue un eremitorio, pues en sus orígenes tuvo muchas ermitas salpicadas por toda la montaña, algunas de las cuales subsisten hoy en día. En la ornamentación predominan tanto el ajedrezado como las formas florales y de entrelazo. Me dejo sorprender también por la singularidad de los capiteles interiores, que llaman la atención por conservar la policromía.

San Vicente de Pombeiro

Para terminar la visita avanzo por senderos que discurren sorteando bancales cubiertos de vides. Es hora de descansar, y para ello me dirijo ladera abajo hacia el río que, como yo, ha aprendido a discurrir en paz por su sinuoso cauce. Hoy he disfrutado de algunas piezas más del variado mosaico que compone el románico en la Ribeira Sacra. Ahora reposaré un rato a la sombra de un árbol mientras escucho el sonido del agua fluyendo. ¿Se puede pedir más?
Sí. Regresar.

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