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Vendimia a prueba de vértigo

A Ribeira Sacra es singular por sus sinuosas balconadas

 

Tamara Novoa Alonso
Fotografía: Pío García

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Son las ocho y media de la mañana y los vendimiadores comienzan a escalar los escarpados valles de la Ribeira Sacra, iluminados por la tenue luz de la alborada. Es una mañana cálida; sin embargo, las lluvias intermitentes dificultan el trabajo bajo las parras. La previsión es terminar de vendimiar a comienzos de octubre, pero las inclemencias meteorológicas no se lo están poniendo fácil a los cosechadores. Por eso, cuando no llueve intentan aprovechar hasta los últimos rayos de sol, aunque eso suponga estar todo el día entre viñedos.

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Está catalogada como «viticultura heroica» debido al  riesgo que conlleva vendimiar en las abruptas laderas de los ríos Miño y Sil. Los recolectores se ven obligados a salvar inclinaciones que en algunos casos llegan al 80%, con desniveles de quinientos metros. Esta singular orografía impide que se pueda mecanizar el proceso de vendimia, como se hace en las otras denominaciones gallegas, de manera que las cajas donde se acumulan los racimos, de entre veinte y veinticinco kilos de peso, son acarreadas a pie. Una labor de equilibrismo que queda relegada a los más jóvenes y fuertes, como explica José Manuel Rodríguez, presidente del consejo regulador de la denominación de origen, quien añade que la recogida es manual y los jornaleros solo van provistos de guantes y tijeras, únicamente en los casos más peligrosos se les surte de un arnés.

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Desde que las catas dieron bandera verde para comenzar la recolecta de las uvas, el  trasiego ha sido continuo en los valles del río. Poco a poco más cosechadores se han ido sumando, a medida que sus frutos presentaban la maduración adecuada. Pero el movimiento no solo es patente en las vides, las bodegas también han comenzado el trabajo. Tan pronto van recibiendo los racimos, los desbrozan y proceden al estrujado, para finalmente depositar el mosto en las cubas donde fermentará. «Cuanto más fresca llegue la uva a la cuba, mejor calidad tendrá el vino», razona Rodríguez.

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La vendimia es tiempo de fiesta en los municipios de la Ribeira Sacra, un total de veinte ayuntamientos distribuidos entre las provincias de Lugo y Ourense. Una época en la que familia y vecinos se reúnen para ayudarse unos a otros en la recogida de uva. Se trata de la mayor fiesta que queda en el campo, afirma el presidente de la DO. Porque, a pesar de todo, hoy en día dos tercios del vino cultivado aquí se continúa destinando al autoconsumo.

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Algunos indicios apuntan que se sembraba vino a las orillas del Miño y del Sil antes de la llegada de los romanos. Sin embargo, fueron estos los que comenzaron una explotación organizada y construyeron los actuales bancales para sacar mayor provecho al cultivo de la vid. Tras los romanos llegaron los monjes, atraídos por la belleza y tranquilidad del territorio, ideal para el retiro espiritual. Se instalaron en el siglo VI y construyeron ermitas que más tarde, con la llegada de los benedictinos, se convertirían en monasterios donde se alojaron órdenes religiosas que retomaron la cosecha de la vid. El período entre los siglos X y XIII fue el de mayor producción vinícola de la zona. Más tarde, con la desamortización, las vides quedaron abandonados hasta su recuperación en el siglo XX. La Ribeira Sacra es denominación de origen desde 1996, y aunque no es la más importante de Galicia por su producción, que gira en torno a unos tres millones de litros anuales, sus caldos son afamados por sus particularidades, y el mencía ha logrado hacerse un hueco en el panorama nacional frente al Rioja o el Ribera del Duero, y ha alcanzado fama internacional.

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