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Santa María de Monfero, el monasterio en el bosque

Ana Luna
Fotografía: Pío García

Santa María de Monfero

Que tenga que venir alguien de fuera a descubrirte tu propia tierra da un poco de vergüenza. Mi amigo Pol, después de recorrerse Galicia de punta a punta, llega a mi casa en Vigo moreno y feliz, y empieza a enseñarme fotos. Intento poner buena cara y no mostrar mi aburrimiento ante las clásicas imágenes de las Cíes, de la catedral de Santiago, de la torre de Hércules…
—¡Espera, espera!
Pol pega un salto ante mi inesperada actividad.
—¿Qué pasa?
—¡Vuelve para atrás! ¡No, los selfies con los carballos no! ¡Ahí!
Qué edificio más extraño… La fachada, un tablero de ajedrez, cruzada por cuatro columnas corintias. Parece más Roma que Galicia. Pregunto, como en trance, de qué lugar se trata.
—Y yo que pensaba que eras gallega… ¡El monasterio de Monfero!

Santa María de Monfero
Santa María de Monfero

Cuando Pol se marcha, prometiendo volver a por más pulpo y churrasco, decido poner remedio a mi incultura. Después de unos cuantos kilómetros de autopista y algunos de carretera, llego al ayuntamiento de Monfero, a las puertas de las Fragas do Eume.
El monasterio se encuentra en la parroquia de San Fiz de Monfero, concretamente, en el lugar de O Convento, hoy en día solo poblado por los árboles. Para quien no entienda nada, en Galicia los ayuntamientos se dividen en distintas parroquias, en las que encontramos ciudades, vilas (de tamaño intermedio) y lugares, también llamados aldeas (muy pequeños).

Santa María de Monfero
Santa María de Monfero

Estoy frente al monasterio, en medio del bosque. Solo se escuchan los pájaros y las voces de una pareja, los únicos otros visitantes. Se hace el silencio mientras observamos la fachada: las columnas rematadas en vegetación, el ajedrezado, la torre, las estatuas de lo que parecen una reina y una monja…
Pronto tanto silencio se nos hace pesado y empezamos a hablar. Él es andaluz. Ella, gallega, estudió Historia del arte, sabe algo de este monasterio y me invita a visitarlo con ellos. No me puedo creer mi suerte.
En esta visita guiada improvisada nos cuenta que el monasterio y la iglesia se construyeron en el siglo XII, pero que, como es habitual en las construcciones religiosas, se reedificaron en el XVII. Es decir, que antes eran edificios románicos, pero los que vemos hoy en día son barrocos. Por eso la fachada me recordaba tanto a Roma…

Santa María de Monfero
Santa María de Monfero

Visitamos la iglesia, de cruz latina y amplias dimensiones. No hay mucha decoración, pero eso solo me da una mayor sensación de recogimiento y de calma. Me quedo unos minutos mirando la hermosa bóveda octagonal, por la que entra la luz del sol que hemos dejado en la puerta. Paseando por la iglesia nos encontramos con el retablo de piedra de la Virxe da Cela, de la que se dice que se apareció en un monte cercano e hizo brotar una fuente. Un monje escribió que un incendio que estaba arrasando el monte se detuvo milagrosamente al llegar a la fuente. Los fieles han sostenido siempre que su agua cura distintas enfermedades.
A continuación nos detenemos en los sepulcros de tres miembros de la familia Andrade, señores de la comarca muy poderosos en el siglo XV. Esta familia fue muy importante en la historia de la vecina vila de Pontedeume, que se encuentra a solo veinte kilómetros del monasterio. Los nombres de los señores enterrados en la iglesia son Nuno Freire, Fernán Pérez y Diego de Andrade. En el de Nuno Freire podemos una inscripción en la que se le pide a Jesús piedad por el alma del caballero. Estas palabras se hacen especialmente necesarias en este caso, ya que su sobrenombre era El Malo. Los nobles, perfectamente armados y acompañados por animales que reposan a sus pies, parecen mirar hacia ninguna parte, pero observan sin duda el transcurso de los siglos en Monfero.

Santa María de Monfero
Santa María de Monfero

Al salir damos una vuelta alrededor del monasterio. A la derecha de la fachada de la iglesia está el claustro de la hospedería. Fue originalmente un proyecto del arquitecto de El Escorial, Juan Herrera, pero solo se construyó el primer piso. Habría que esperar casi dos siglos para que se acabase el claustro. Hoy solo podemos ver los restos, aunque son suficiente para imaginar lo majestuoso que debió de ser.
Y es que, a diferencia de la iglesia, el resto del monasterio está medio en ruinas, a la espera desde hace tiempo de su restauración. Hay una parte de mí que siempre se siente en medio de un cuento cuando visita lugares así, vacíos y con los muros cubiertos por la vegetación. Hacen que te des cuenta del paso del tiempo, de la cantidad de siglos que han pasado sin que nadie habite este lugar. Según mi guía, desde el siglo XIX, cuando se produjo su exclaustración y, con ella, la desaparición de muchas obras artísticas y de su famosa biblioteca. El intento de unos valientes monjes de volver a Santa María de Monfero a finales de aquel siglo no tuvo éxito: ya no había quien viviera entre aquellos ruinosos muros.

Fragas do Eume

Pero aquí siguen estas piedras aún hoy, testigos de una historia apasionante. Ha sido la fachada de la iglesia lo que me ha traído hasta aquí, pero recordaré todos los rincones. Y a mis nuevos amigos, de los que me despido al lado de nuestros coches intercambiando números de teléfono y la promesa de visitar juntos alguna otra joya desconocida.
Decido poner el broche final a mi excursión sumergiéndome en el parque natural de las Fragas do Eume, al que no voy desde niña. Es uno de los bosques cercanos a la costa mejor conservados de Europa. Ya quedan pocos así, porque los humanos hemos ido acabando con las grandes masas forestales y las que quedan suelen estar en las montañas, lejos del mar.
Los árboles, de un color verde intenso mejor que el de cualquier filtro de Instagram, me calman al instante. Yo también empiezo a tener ganas de hacerme un selfie, pero no sucumbo a la tentación y solo camino y respiro. Me gustaría quedarme a vivir aquí, pero las horas van pasando y tengo que marcharme.
Vuelvo a casa sin estar tan morena, pero seguro que sí igual de feliz que mi amigo. Gracias por enseñarme Monfero.


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