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Siguiendo los pasos del Barragán

Andrea Barreira Freije
Fotografía: Pío García

Río Barragán

Si hay un momento que me devuelve a la infancia, es ese instante de nervios y noches sin dormir previo a una excursión. Esa excitación de preparar, con las amigas, una ruta hasta el momento desconocida. En esta ocasión nos tocaba madrugar para hacer la ruta del río Barragán en Fornelos de Montes. Antes de desplazarnos descubrimos que había distintas entradas: Calvos, Moscoso, Freaza y Xunqueiras. Aunque nos valdría cualquiera, pues es un itinerario circular, nos decidimos por la última.

Río Barragán

Llegamos sin dificultad al punto señalado, dejamos el coche junto al cementerio y avanzamos hacia el sur. Es curioso cómo cambia la luz según la estación en la que visites los lugares. El sol se colaba entre los árboles desnudos dando un tenue calor a la frialdad, mientras el propio río nos hacía de guía en nuestro camino. De vez en cuando observábamos cómo la helada había cristalizado su lecho. Entonces, el sol se reflejaba en el agua, y esta se convertía en estrellas diurnas que competían con los reflejos de las rocas.

Río Barragán

La senda del Barragán está muy bien señalizada. En el único tramo en el que dudamos un poco fue entre las casas de Freaza, pero sus habitantes, atentos, nos indicaron por dónde debíamos seguir. Llegamos a un espacio en el que el monte iba ganando terreno al bosque. Como sucedería prácticamente en toda la ruta, el susurro del río nos iba indicando que nuestros pasos eran los correctos.

Río Barragán

Descubrimos los primeros molinos: Agosto, Trigo y Cubo. En su entorno se creaban pequeñas pozas alimentadas por diminutas cascadas, a las que se sumaban numerosas fuentes. Descansamos allí unos minutos para oler ese instante, escucharlo, sentirlo con los ojos cerrados. Dejamos que el espacio nos inundase hasta detener el tiempo, antes de volver a continuar la marcha. En todo momento, un viento suave rivalizaba con el río por contarnos las historias de los viejos molinos, de los puentes caídos y vueltos a levantar… Hasta que de repente, el silencio. Sin saber cómo, habíamos atravesado espacios y habíamos aterrizado en uno en el que podíamos sentir el runrún de nuestros pensamientos. Cada caminata nos vuelve algo más reflexivas, nos hace encontrarnos con partes de nosotras que se encuentran escondidas en la cotidianidad.

Río Barragán

Dejamos atrás el monte y unas vacas en cuyos ojos se reflejaba realidad. Ahora, ante nosotras, se extendían los prados con ese verde tan especial que busca ganar fuerza en medio del invierno para sobrevivir al verano. Entonces, esa sensación de estar en casa nos llevó, una vez más, a la niñez, empujándonos a poner banda sonora al momento. Al llegar al Paso dos Barcos nos sorprendió la belleza del lugar. Saltamos de piedra a piedra para cruzar el río, como si se tratase de un juego, mientras nos preguntábamos si en algún momento estarían sumergidas o si el río, al regalar su agua a campos y molinos, las dejaría siempre al descubierto.

Río Barragán

El sol marcaba el ritmo de nuestro camino, empujándonos a continuar. Y, aunque el anochecer parecía echársenos encima decidimos desviarnos hasta la cascada. Este tramo del camino no fue sencillo, pero mereció la pena. A veces hay que complicarse un poco para descubrir lugares especiales.

Río Barragán

Volvimos sobre nuestros pasos.  Junto a los molinos de Traquillón y Os Herdeiros, muchos de ellos tan restaurados que se puede observar cómo era el mecanismo que los accionaba, decidimos hacer un alto en el camino y comer envueltos en esa paz, ya tan familiar. El sol nos señalaba, impaciente, el momento de continuar la marcha. El río, vigilante, se mostraba con un espejo que parecía marcar realidades y dimensiones. Entonces, al dejar atrás los molinos y separarnos del agua, cruzamos el tiempo y aparecimos en A Cidade, en A Casa da Raíña, las ruínas de un antiguo acueducto y una villa que nos hizo imaginar la vida ajetreada de la gente que la habitó. Es en estos momentos donde se hacen realidad las leyendas de mouras, mouros, acias y almas que vagan por los caminos y que se dice que aún habitan en ese lugar. Seguimos sus voces hasta otear el embalse del Eiras.

A Casa da Raíña
A Casa da Raíña

Ya solo nos quedaba la recta final. El sendero era ahora marcado por los bloques de piedras que delimitan los terrenos. A veces, al ver las lindes no puedo evitar comparar la tierra con las arrugas que se van formando en la piel de sus habitantes. Unas y otras parecen mantener ese poso y sabiduría que da el paso de los años. Entonces, mientras hablábamos de la duración de los días, a lo lejos, en una fotografía real el cementerio se alzó, marcándonos, casi como una metáfora, el final de una gran jornada. Al terminar la ruta no pude evitar preguntarme cuántas veces puede cambiar un paisaje en apenas 17 km, cada día, cada mes, en cada estación… Hacer la senda del río Barragán es descubrir una y otra vez cada una de las caras de nuestros bosques. Seguro que volveremos, acompañadas por nuestros amigos caninos, para descubrir cada uno de sus rostros. Además, os confesaré que terminamos el día visitando el castillo de Soutomaior y tomando un chocolate en Arcade, lo que hizo redonda  la jornada. Pero eso ya es otra historia.

Río Barragán

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