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—Abuelo, no has cerrado el coche. —Estamos en Galicia. Esto es el monte Aloia, Sebas, no tu peligrosa ciudad. —La ciudad no es peligrosa —observó Sebastián mientras seguía a su abuelo a desgana por el camino terroso. Hacía una brisa agradable, que casi consiguió que se alegrara de haber accedido a acompañar a su abuelo al monte.

El hayedo permanece en silencio. Contiene la respiración. Solo el áspero canto de una urraca, indiferente a la expectación que le rodea, sacude la umbría. El resto es rumor de hojas tiernas, zumbido de insectos y bisbiseo de secretos antiguos…