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Hay quien dice que el camino, el camino de verdad, es el que se hace en solitario. El que llena las horas con el runrún de los pensamientos. El que te permite vestir los días con la contemplación de un monumento, un paisaje. Sin prisas. Sin más urgencias que las que impone la naturaleza: comer, dormir, descansar. En soledad.

Das un paso más. Solo uno más, pero no es uno cualquiera. El último de la intensa subida desde Villafranca del Bierzo, con la respiración agitada y los músculos de las piernas quejándose por el esfuerzo; el primero del camino francés en tierras gallegas. Un paso y te embarga esa poderosa sensación: aquí estás, en este nido de águilas...

No hay acuerdo sobre los límites de la Costa da Morte: de Fisterra a Cabo Roncudo, según unos; hasta Malpica, e incluso Arteixo, según otros. Sea como fuere, hablamos de una de las riberas más salvajes y genuinas del Atlántico europeo: decenas de kilómetros de ensenadas, playas y acantilados, de mitos y leyendas, de belleza y de tragedia.

Esta iglesia se construyó en tres fases. Mientras que la capilla mayor data de 1755; la nave central abovedada y las capillas que forman planta de cruz latina se construyeron en el año 1792; y el campanario en 1809.

Un paseo por la ribera del Arenteiro me lleva hasta al puente medieval de Ponterriza. Vengo aquí a buscar piedras: pulidas, talladas en forma de sillares, de columnas, capiteles… Viejas piedras que conforman uno de los legados más impresionantes del románico en Galicia. Pero, antes de nada, dejadme que os sitúe...