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Conduzco de vuelta desde el desierto de Merzouga. Es el tramo final de un largo viaje en el que Marruecos me ha sorprendido con sus paisajes, con sus gentes… Y sobre todo con sus colores. El ocre brillante de la arena del desierto, el marrón del adobe de las kasbahs, los tonos cobrizos de las cordilleras del Atlas… Pero...

Se refregó los ojos con tanta fuerza que le dolieron. Por si no era suficiente, se pellizcó varias veces la mano. Tras visitar Marrakech y atravesar el desierto marroquí, notaba cierto cansancio. Sin embargo, esa fatiga no reducía sus ansias de seguir viajando.

Marrakech se extiende a los pies del Atlas como un manto rojizo. Según pasan las horas del día, en sus murallas se reflejan todas las tonalidades del sol. Es la constatación cotidiana de que la ciudad no ha perdido su esplendor, sino que se ha enriquecido con el paso de los siglos.