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Hubo un tiempo en que no había más allá. Un tiempo en que los mares eran terra incognita, morada de dragones y bichas de mágicos poderes, y los océanos se vertían en el vacío por inmensas cascadas atronadoras.

Hay caminos que hunden sus raíces en las brumas del tiempo. Senderos trazados por millones de pies, grabados en la tierra con esfuerzos y sudores milenarios. Hay caminos que siempre han estado ahí, como este que hoy vas a iniciar: la antigua Vía de la Plata, la Bal’latta musulmana, la vía empedrada que ya en tiempo de los romanos...

Dudas, cómo no. ¿Por dónde entrar en Galicia desde Portugal? ¿Por la costa, por el soberbio estuario del río Miño, el padre reconocido de todos los gallegos, allá en A Guarda, a la sombra imponente del castro de Trega? ¿Por Tui, la catedral fortaleza, la ciudad episcopal que resistió a los normandos y se hizo irmandiña?

Hay quien dice que el camino, el camino de verdad, es el que se hace en solitario. El que llena las horas con el runrún de los pensamientos. El que te permite vestir los días con la contemplación de un monumento, un paisaje. Sin prisas. Sin más urgencias que las que impone la naturaleza: comer, dormir, descansar. En soledad.

Galicia no se cansa de ser maravillosa. Y lo es los 365 días del año, ya sea cubierta de nubes o con esos cálidos rayos de sol que sacan los colores a lo mejor de su vegetación.

¿Un día gris y nublado? Una estupenda ocasión para darnos una vuelta por Santiago y disfrutar de este ambiente. Para ello tengo la perfecta banda sonora, escrita en gallego ni más ni menos que por Federico García Lorca: «Madrigal á cibdá de Santiago», conocida también como «Chove en Santiago».

Imagino que cuando digo Santiago de Compostela, enseguida vendrán a tu mente los distintos caminos que llevan a la catedral. Pensarás en el Camino Portugués, en el Camino Primitivo, en el Francés… Pero tal vez no te suene tanto la ruta de la que te voy a hablar ahora.

A Quintana es el tañer de la campana marcando las horas, el murmullo de la gente en la terrazas, el sol escondiéndose tras la torre de la Berenguela, el juego de reflejos multicolor que se crea sobre la piedra mojada. Se trata de la plaza preferida por los santiagueses que encuentran aquí un oasis de paz frente al bullicio...